Venezolanos en México
Ahora que pasó la visita intempestiva del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a México, para participar en la cumbre de la CELAC, es importante conocer que en nuestro país, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Migración (INM), hay 262 mil 597 personas de esa nación que realizan su trámite migratorio.
De éstas, 135 mil 835 son mujeres y los restantes 126 mil 762, son hombres, todos ellos ven en México una oportunidad para mejorar sus vidas. Estos trámites se han realizado desde el año 2014; tan solo en 2021 se han iniciado 23 mil 095 trámites.
La comunidad de Venezuela que busca integrarse en México alcanza para llenar casi tres veces el Estadio Azteca, porque los que ya se integraron son otro universo. Los venezolanos que cuentan con documentación nacional suman 39 mil 423 como residentes permanentes y con posibilidad de ejercer actividad laboral en México. (Reporte Índigo, Reporte, p. 3)
Una tercera parte de los migrantes que han podido ser registrados estos meses son mexicanos, nos dice Tonatiuh Guillén, expresidente del Colegio de la Frontera Norte y excomisionado del INM.
En julio fueron 212 mil, en tanto que en agosto la cifra se redujo a 208 mil. El país es quien aporta el mayor número de migrantes dándole un giro significativo a la tendencia que se tenía hace por lo menos 2 años.
Una primera interpretación puede estar en un deterioro económico que esté obligando a mucha gente a emigrar. Hay que considerar también el hecho de que en muchos estados la violencia está llevando a desplazamientos, ya sea por ataques directos a familias o por los entornos que se viven.
Michoacán, Oaxaca, Veracruz, Edomex, Jalisco, Guerrero, entre otros, son los estados en donde se tiene el registro de mayor salida de migrantes. El entorno está siendo cada vez más intimidante y peligroso, se están dando casos en que las propias familias, como sucede en Centroamérica, le piden a sus hijos que dejen sus casas antes que quedar expuestos a la delincuencia organizada.
Estamos teniendo una migración que no estamos alcanzando a ver, porque nuestras fronteras han sido objeto de justificada atención, particularmente por el caso de los haitianos. La violencia que están sufriendo merece la máxima cobertura y más por lo que ahora está pasando en la frontera norte con policías estadounidenses que con caballos detienen a los migrantes, al tiempo que los golpean.
La descomposición interior que estamos teniendo debe ser un factor de la máxima atención por parte del gobierno. Como hemos venido alertando, la situación por la cual están atravesando Tapachula, en el sur, y Acuña, en el norte, es la manifestación de la crisis migratoria y de la crisis que están viviendo estas comunidades; todo lo que tiene que ver con este tema afecta los ánimos del país.
Jesús de León es parte de esto. Vive en San Fernando, Tamaulipas, el mismo lugar en donde asesinaron a 73 migrantes, se dedica al negocio de puertas y ventanas. El pasado domingo iba con rumbo a Reynosa a comprar medicinas en su camioneta, en el camino vio a un grupo de migrantes haitianos a quienes les dio un aventón para dejarlos en Reynosa, antes de llegar fueron detenidos por un retén del INM.
Junto con los migrantes fueron llevados al centro del INM en la ciudad. Cuando se dio cuenta estaba en la cárcel donde estuvo 48 horas, a pesar de que “me dijeron que no había problema conmigo… yo les dije que no puede detenerse a nadie por ayudar o dar un aventón, no es un delito”.
Finalmente fue liberado junto con la mujer que lo acompañaba; sin embargo, sigue esperando que le devuelvan su camioneta la cual está retenida, la compró en la frontera. Nos cuenta que “me salió más barata, y además era para lo que me alcanzaba y es lo que necesito para mi trabajo, porque tiene una caja atrás”.
La migración está ocasionando muchos problemas internos que quizá se estén perdiendo de vista en función de tener como objeto central a los migrantes, pasando por alto lo que se estaba viviendo en algunas comunidades.
La crisis en las dos fronteras está afectando nuestras vidas y dinámica interna. Parece que ayudar a los migrantes, lo que hacen por cierto miles de familias generosas al paso de ellas y ellos a lo largo del país, está siendo motivo de lamentables acciones por parte de la autoridad.
La dinámica que tiene la migración nos coloca como una nación que expulsa a sus ciudadanos, que es de tránsito, que es un refugio y que también se está convirtiendo en destino. No perdamos la generosidad, a pesar de la crisis, porque además esto es lo que quisiéramos para nuestros paisanos. (Javier Solórzano, La Razón, La dos, p. 2)
Decenas de miles de seres humanos comienzan a concentrarse en el norte de la República, Ciudad Acuña, en Coahuila, es ya algo parecido a un gueto sudamericano, miles de migrantes, particularmente haitianos, esperan la oportunidad de cruzar hacia los Estados Unidos con todo y el riesgo de ser rechazados a punta de latigazos por la border patrol o, en el peor de los casos, ser detenidos y deportados de nueva cuenta al infierno del que escaparon.
El drama de la migración desde hace mucho se advertía como una bomba que estallaría en el rostro del Estado, para nuestro presidente fue muy fácil decir que a todo el mundo se le recibiría con los brazos abiertos. López Obrador, en su evidente ignorancia, llegó incluso a ofrecer empleos para todos los migrantes que arribasen a México.
Una cosa es ser borracho y otra cantinero, la realidad cerró el pico de nuestro presidente y le mostró, en cambio, un lacerante cuadro: miles y miles de seres humanos que quieren una oportunidad de vida frente a la incapacidad e incompetencia para poder brindar una solución que se aleje de las simples ocurrencias.
El plan de la 4T es una carta a Santa Claus de corte esquizofrénico. El presidente escupe al gobierno yanqui con su compulsividad y majadería diplomática para luego rogarle al mismo gobierno que le patrocine el programa “Sembrando Vidas” en Centroamérica, vendiéndose como la panacea para detener el flujo de los migrantes.
Puede, sin embargo, que López Obrador tenga razón: la única forma de frenar el flujo masivo de seres humanos es atacando la raíz del problema y eso pasa, necesariamente, por la generación de democracia, estado de derecho y riqueza en las regiones que los obligan a huir.
Sembrando Vidas no solucionará nada, en eso el presidente peca de megalómano. Una inversión multimillonaria, transparente y diversificada será, en el largo plazo, una gran oportunidad para el desarrollo de la región.
Pero, siendo realistas, esos miles de millones de dólares no llegarán pronto y, aún cuando lleguen, pasarán años, décadas quizá, antes de palpar resultados, ¿entonces, qué hacemos en el corto plazo?
Claramente, no hay ninguna estrategia, nadie piensa en el diseño de comunidades y en la búsqueda de oportunidades frente a la tragedia, más bien dejamos que la bola de nieve crezca hasta que, de alguna forma, por arte de magia, todo se resuelva solo.
No va a pasar. Es hora de hacernos a la idea de que muchos de esos migrantes terminarán en nuestro territorio, ¿qué haremos con ellos? (Luis Cárdenas, El Universal, Nación, p. 8)
Ni muros motorizados, ni armas, podrán contra el instinto de sobrevivencia. Ya debería de haberlos entendido, mister Biden (La Jornada, Contraportada)
“Si me llevan a Haití, mejor que me maten, ¿para qué me van a llevar si no tengo nada para comer?”, palabras de Ronny, uno de los más de 12 mil haitianos que han llegado a la frontera de Ciudad Acuña, en Coahuila, con Del Río, Texas, en la última semana. Este testimonio lo recogió mi compañero Abraham Nava, enviado especial de Imagen Noticias a ese punto fronterizo, que ha sido noticia desde que vimos la llegada de migrantes al bajo puente de aquella región que conecta con Estados Unidos.
La imagen de los centroamericanos improvisando campamentos, pero que los dejarían listos para el cruce que, al fin, les permita la entrada al sueño americano.
Sin embargo, este episodio se ha salido de control, tanto que desde la Casa Blanca han condenado el actuar de los elementos de la Patrulla Fronteriza, quienes montados a caballo y con látigo en mano detuvieron a migrantes a inicios de esta semana. Las imágenes le dieron la vuelta al mundo. Un acto de total barbarie.
“Los están engañando, es un periplo (…) imagínense, salir de Haití, ir a Brasil, ir a Chile, tener condición de refugiado, buscar trabajo. Hay niños que ya son nacidos en Chile o en Brasil, que ahora sus dirigentes les digan: ‘Vámonos a Estados Unidos rápido porque nos van a dar la residencia o la nacionalidad norteamericana, posiblemente’. Pues es un engaño monumental, eso no es cierto…”, dijo el canciller Marcelo Ebrard hace un par de días.
México tiene una de las fronteras más comprometidas en el mundo por la línea que comparte con Estados Unidos. No importa que haya río o un muro, nuestra vecindad con el país destino de la mayoría de los migrantes del planeta ha hecho que el asunto sea de difícil manejo, ha buscado la vía para controlarlo, pero el margen de acción requiere precisión casi quirúrgica por la ambigüedad que conlleva: cualquier decisión implica consecuencias para alguna de las partes. No se pueden pasar por alto los derechos humanos, pero tampoco se puede permitir el paso libre de una frontera a otra.
Los gobiernos de México y EU están conscientes de ello, por eso desde hace varios años, y entre distintas administraciones, se ha buscado el camino más eficaz. Ahora se plantea desde nuestro país una nueva directriz, que uno de los caminos sean programas enfocados al desarrollo regional, donde los puntos de acción se ubiquen en las naciones que dejan los centroamericanos, se busquen las vías de construcción democrática en los países controlados por regímenes totalitarios, por decir algo.
Porque no sólo se trata de dotar de empleos y un techo. La migración es un fenómeno multifactorial. La gente abandona sus comunidades ante la falta de oportunidades, pero también por la violencia o por la ausencia de libertades. Crisis como ésta que hoy vemos en Coahuila, las hemos visto desde hace décadas y en varios puntos del planeta. España, Alemania o Reino Unido son otros destinos para ciudadanos que huyen de países como Siria, Afganistán o Ucrania.
Nadie elige caminar miles de kilómetros, nadie elige pasar hambre, nadie elige dejar atrás a su familia, nadie elige cruzar localidades que no les permiten ser parte de ellas. La migración es el deseo de nadie, por ahí tendríamos que empezar cuando hablamos de lo que ocurre en nuestra y el resto de las fronteras. (Yuriria Sierra, Excélsior, Nacional, p. 14)
El “muro” de contención en que se ha convertido la política migratoria mexicana no tiene el suficiente peso para sostener su propia estabilidad frente a la carga de miles de migrantes. Cada nueva oleada deriva en otra emergencia como la última por la deportación de haitianos de Estados Unidos, a pesar de sus promesas de reforzar la colaboración y dar una respuesta conjunta al fenómeno. Pero esta nueva crisis migratoria pone el dedo en la llaga del daño por ceder a la exigencia de concentrar la gestión de uno de los problemas más acuciantes del hemisferio en acciones coercitivas.
En los últimos días se reunieron en México los miembros de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (Celac) en un encuentro que evidenció sus diferencias y confrontaciones políticas, pero, sobre todo, dejó mucho escepticismo sobre sus posibilidades de sumar una agenda común si soslayan la migración de sus compromisos como el problema más urgente. En eso coincidieron, en omitirlo. Los acuerdos en materia migratoria fueron reiterativos y pobres, a pesar de circular, por ejemplo, terribles imágenes como la expulsión de haitianos de Texas. Su impacto es insuficiente para desplazar la centralidad de los debates sobre Cuba o Venezuela, las críticas de Uruguay y Paraguay a sus gobiernos, o la expectativa de que el foro sirviera para reformar o sustituir a la OEA.
El encuentro es otra oportunidad perdida para dar contenido a la necesidad declarada de articular una respuesta conjunta a la migración, ya sea porque algunos países lograron imponer sus agendas internas, incluso aprovechar el foro para promover intereses políticos locales. Se escucharon demandas de levantar el bloqueo a Cuba y acabar con “malos tratos” de EU a la región, pero ninguna acción específica para construir la “gobernanza migratoria” que cruza por todo el hemisferio y con la que todos están de acuerdo, en el discurso. En declaraciones genéricas reafirmaron la protección de los derechos humanos y no criminalizar la migración irregular, pero con principios retóricos que ni siquiera se tradujeron en un posicionamiento sobre la brutalidad policiaca contra los haitianos.
Los compromisos de la Celac aparcaron el problema en el mismo punto que antes de la reunión. Al día siguiente, estaba solo el canciller Ebrard urgiendo una respuesta regional y fondos de EU al secretario de Estado, Antony Blinken, como ya había hecho el gobierno mexicano semanas atrás en una carta a Biden. Y el presidente López Obrador también se quedó en un reclamo solitario: “basta de discursos, ya hace falta la acción”, ante la promesa incumplida de EU de aportar 4 mmd para sostener el “muro migratorio” con inversión y desarrollo en Centroamérica. Los llamados frente a la migración de la “cumbre” se diluyeron después en la expresión contrastante de cansancio “ya basta de medidas coercitivas” del Presidente sobre el rol que aceptó jugar frente a la migración, mientras cientos de haitianos saturaban las oficinas de la Comar en CDMX con gritos sordos de petición de asilo.
Sin embargo, las omisiones sobre este tema no eximen de responsabilidad a los presidentes de la región, más bien los debilita frente a la política errática y la intransigencia de EU. Las oleadas de migración haitiana se desplazan en busca de refugio sin encontrar otra respuesta que la persecución y la extradición con leyes de asilo desactivadas y oficinas cerradas. Igual ocurre con la migración irregular, que en cada emergencia reclama acciones urgentes que no pueden postergarse hasta “fortalecer” las instituciones de protección internacional de los países en tránsito.
Tampoco esperar a que se resuelvan problemas estructurales de la migración, sin hacerse cargo de la gestión, por ejemplo, con reformas para la desregulación por razones humanitarias. De todas estas medidas podría haberse discutido en la Celac, incluso de articular posiciones para corresponsabilizar a EU en la solución del problema, en efecto, desde una óptica regional. Sin una respuesta a ese nivel el empuje de los migrantes sobre los “muros” terminarán por desbordar cualquier aparato de contención. (José Buendía Hegewisch, Excélsior, Nacional, p. 16)
Hacer lo correcto es admirable. Pero en muchas ocasiones hacer lo correcto tiene consecuencias inesperadas, algunas terribles. Andrés Manuel López Obrador y Joe Biden lo están descubriendo de la peor manera con el tema migratorio. Lo primero que hizo Biden al entrar a la Casa Blanca fue anunciar el fin de las infames políticas de Donald Trump en contra del ingreso de ilegales a Estados Unidos.
En realidad no desaparecieron del todo por las muchas resistencias incrustadas en el Congreso y en la administración local y federal, pero la sola denuncia se extendió como una nueva buena entre multitud de latinos que habían puesto en pausa su deseo de intentar un salto al sueño americano. Centenas de miles se pusieron en movimiento.
Ahora Biden no sabe qué hacer frente a las oleadas que se agolpan a sus puertas. Y peor aún, no puede impedir ser vapuleado por los fáciles ataques de sus rivales que han abierto un boquete en sus niveles de aprobación. Muchos analistas asumen que el tema migratorio puede ser el escándalo que pavimente el camino de regreso de Trump a la Casa Blanca.
En otro sentido, algo similar sucede con AMLO. Él también hizo lo correcto cuando definió el tema migratorio en términos humanitarios, desde el momento mismo en que llegó a Palacio Nacional. Nadie deja su hogar y a los suyos para arrostrar penalidades extremas por gusto sino por desesperación, ha dicho una y otra vez.
Insistió en que el problema tenía que ser abordado a partir de sus verdaderas causas, la pobreza y la injusticia social. Por consiguiente, había que atenderlas allá donde el problema se origina. Esta misma semana hizo público el enésimo llamado a Estados Unidos, en este caso una carta personal al presidente Biden, reiterando la invitación a que los dos países derramen recursos en Centroamérica destinados a generar los empleos y la prosperidad que permita a las personas quedarse en su país.
Pero que esta posición sea moralmente correcta, no necesariamente la hace compatible con la realidad inmediata. Tan es así, que el Presidente mexicano se ha visto obligado a actuar en sentido contrario: hacer lo necesario para dar la impresión de que el gobierno está dispuesto a impedir, por las buenas o por las malas, que tantas personas desesperadas lleguen a Estados Unidos. Un papel ostensiblemente incómodo para quien ha venido exigiendo solidaridad y compasión frente a los más necesitados del continente.
El gobierno no tiene ni la vocación ni los medios para detener a las caravanas de haitianos y centroamericanos que tras algunos roces y escaramuzas se escapan de las fuerzas de seguridad. El resultado es que la imagen del gobierno resulta dañada por los dos lados. Ni puede ni quiere reprimir, pero los casos aislados de abusos, algunos de ellos terribles, por más que sean castigados, terminan en fotos y videos de las noticias.
Y, al mismo tiempo, al no tener ni los recursos ni la intención de imponer mano dura (por fortuna), resulta un fracaso la tarea que se ha echado a cuestas: impedir el paso de ilegales. Todos los intentos de disuadir, tramitar o incluso de retener en suelo mexicano a estas caravanas han resultado fallidos. No reprime, pero carga con la reputación de represor por los aislados casos de escándalo que se difunden; hace como que intenta detener, pero no consigue convencer a nadie.
¿Cómo llegamos a esto? Simple y sencillamente por la secuencia de decisiones que obligan a optar por un mal menor.
Habría que recordar que Donald Trump en dos ocasiones impuso un ultimátum a nuestro país, molesto por la porosidad del territorio mexicano al paso de los migrantes. Antes de la epidemia del covid, los centroamericanos ya habían superado a los mexicanos en materia de números de ilegales detenidos en la frontera.
En la primera ocasión, Trump amenazó con imponer tarifas arancelarias a los productos mexicanos; en la segunda decidió aumentar la comisión que se cobra por las remesas, con el propósito de financiar la construcción del muro. Cualquiera de las dos medidas habría sido desastrosa para México, particularmente en el contexto de la crisis económica provocada por la pandemia.
El 85 por ciento de las exportaciones se dirigen a Estados Unidos y, por otro lado, las remesas representan un imprescindible tanque de oxígeno para millones de familias empobrecidas. Ambas amenazas fueron conjuradas en el último momento, gracias al compromiso del gobierno mexicano de actuar más diligentemente en el control del flujo de ilegales. Incluso se fijaron metas cuantitativas a cumplir para evitar las represalias, aun cuando no se usara ese término.
No es un trato digno, desde luego. Ciertamente no vivimos en un mundo justo, ojalá lo fuera. Las relaciones con Estados Unidos nunca han sido entre iguales. Como vecinos de un gigante hemos tratado de maximizar las ventajas de la cercanía y minimizar las muchas desventajas de vivir al lado. El Tratado de Libre Comercio y su enorme impacto económico para México es un ejemplo de las primeras; las presiones para contener ilegales propios y ajenos es un ejemplo de las segundas. Es lo que es.
¿Qué ha hecho el gobierno mexicano al respecto? Primero, ceder-negociar para salvar la crisis puntual cada vez que esta se ha presentado. Y segundo, bregar con el compromiso asumido, aunque haciéndolo con más aspavientos que empeño. México movilizó tropas, correteó ilegales, ofreció incentivos y de alguna manera cumplió las cuotas que exigía Trump. Pero esa puesta en escena ya no alcanza para detener las oleadas que generaron las secuelas de la crisis y el cambio de señales enviado por Biden. El esquema se está haciendo trizas.
De allí la insistencia de AMLO para regresar a su plan inicial de atacar las verdaderas causas de la migración. Algo a lo que Biden no se niega, pero responde con el escaso entusiasmo de saber que eso no resuelve el efecto inmediato y, por consiguiente, no lo salva del descalabro político.
Lo que sigue es incierto. Tener un vecino gigante opera en los dos sentidos. Peligroso que te necesite para algo (en este caso contener a otros vecinos) e igualmente peligroso que deje de necesitarte, porque eso significa que te quedas sin la principal carta de negociación. Biden necesita de México para aliviar la presión de los ilegales; pero cabe la posibilidad de que dé un golpe de timón y endurezca sus posiciones frente a la migración y deje de necesitarnos o lo haga en menor medida. A saber que resulta peor para los mexicanos. (Jorge Zepeda Patterson, Milenio Diario, Política, p. 14)
Facebook agradece
Antes de tomar el vuelo a Nueva York, Marcelo Ebrard tuvo una videollamada con Nick Clegg, vicepresidente de asuntos globales de Facebook, quien expresó su reconocimiento a México en la evacuación de refugiados afganos, así como agradecer su apoyo al canciller y de su equipo de trabajo para brindar refugio y salvar la vida de 175 afganos, entre los que se encuentran 75 niños… por cierto, nos dicen que el canciller anda bien y de buenas ya que su intervención en la Asamblea General de la ONU que iba a ser el sábado, se adelantó para hoy a las 19:00 horas, después de un intenso trabajo del embajador Juan Ramón de la Fuente. ¿Será? (24 Horas, La dos, p. 2)
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha tratado de manejar una política exterior que refleje principios propios del nacionalismo revolucionario en lo que atañe al principio de no intervención, siempre y cuando estos se alineen con sus posturas ideológicas.
Así, frente a Bolivia, Cuba o Venezuela se levanta la voz en contra de cualquier interferencia extranjera, incluso cuando se trata de un asunto de derechos humanos, mientras se pronuncia abiertamente ante las medidas migratorias impuestas por los norteamericanos como parte de su política interna la cual, por más injusta que parezca, tendría que recibir el mismo trato que se le da a los tres países antes mencionados.
La estrecha vinculación con Estados Unidos obliga a la 4T a contener su concepción antiyanqui según la cual los grandes males de México han sido ocasionados por el abuso del imperio del norte.
Más que una política pragmática, se trata de un temor real con respecto a las posibles consecuencias de una confrontación directa con Washington, independientemente de si lo gobierne Donald Trump o Joe Biden.
La pista del norte es aquella en donde López Obrador se siente incómodo porque la desconoce y desconfía de ella, y porque fue educado en ese mundo donde la vecindad con la Unión Americana es más una especie de infierno irremediable, que una oportunidad geopolítica única.
Es por ello que prefiere mirar hacia el sur empobrecido y carente de alternativas de integración económica viables. Por ello insiste en construir la pista del sur con esa narrativa propia del siglo pasado donde Latinoamérica unida obliga a los Estados Unidos a replantear su relación, y con ello genera en automático las condiciones para abatir la pobreza y la desigualdad en el continente.
De ahí las propuestas simplistas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Alicia Bárcena sobre autosuficiencia sanitaria, cooperación regional y desarrollo para contener la migración, o la sugerencia de que México compre más café a Honduras, Guatemala y El Salvador como forma de aumentar el comercio en la zona.
Economías desarticuladas y Estados nación en manos de la delincuencia organizada no pueden ser opciones de desarrollo y espacios para una vida digna.
Inyectarle millones de dólares a estas estructuras políticas es contribuir a enriquecer a gobernantes y empresarios corruptos sin que la población sea beneficiaria de un solo centavo de ese dinero.
Para México, apostar sus canicas a un inexistente proyecto latinoamericano, descuidando su prioridad en la integración económica con Estados Unidos y Canadá, es confundir cuál de las dos pistas es la fundamental para su desarrollo incluyente. (Ezra Shabot, El Heraldo de México, País, p. 13)
Tradicionalmente, México ha sido uno de los países del mundo con amplia experiencia en política exterior y con un importante reconocimiento a nivel internacional por su defensa y promoción de la paz, el diálogo, la cooperación, la resolución pacífica de controversias y la solidaridad internacional.
Sin embargo, durante varios años la política exterior mexicana se enfocó, por mucho, en nuestros principales socios comerciales, que son Estados Unidos y Canadá, a pesar de contar con 14 tratados de libre comercio con 50 naciones. Ello generó una débil diversificación comercial y de otro tipo en nuestras relaciones internacionales con otras regiones y países del mundo.
La prevalencia del criterio económico-comercial en la conducción de la política exterior mexicana durante el periodo neoliberal ensombreció otras consideraciones importantes. Entre éstas se encuentran las relacionadas con los ideales, la dignidad, la soberanía nacional o la política exterior independiente. Ello implicó el debilitamiento de la presencia y el liderazgo mexicanos, concretamente en América Latina, una región con la que tenemos afinidades culturales, de idioma, identidad, historia e ideales, como los de Bolívar, Hidalgo, San Martín, Artigas y Martí, entre otros.
Hoy, el presidente Andrés Manuel López Obrador, en tanto jefe del Estado mexicano, se encuentra recuperando la grandeza de la diplomacia nacional por medio del respeto y la aplicación efectiva de los principios constitucionales de política exterior establecidos en el artículo 89, fracción X, de nuestra Carta Magna. Algunos de ellos son la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo, así como el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos.
La extensión de programas sociales desde México hacia Honduras y El Salvador; las visitas a nuestro país de diferentes jefes de Estado latinoamericanos en el marco de las conmemoraciones por los 500 años de resistencia indígena, los siete siglos de la fundación de México-Tenochtitlan y los 200 años de la consumación de nuestra independencia; el diálogo político, con sede en México, entre el Gobierno de Venezuela y la oposición de ese país, y la reciente verificación, también en nuestro territorio, de la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (cuyo análisis se reservará para la segunda parte de este artículo) son sólo algunos ejemplos de la recuperación de la grandeza de la política exterior nacional, basada en sus principios constitucionales.
Vale la pena destacar que los presidentes Alberto Fernández, de Argentina; Luis Arce, de Bolivia; Alejandro Giammattei, de Guatemala, y Miguel Díaz-Canel, de Cuba, acudieron de manera entusiasta, cada uno y respectivamente, a una de las conmemoraciones antes referidas.
Durante la visita del jefe del Estado cubano a nuestro país por la conmemoración de los 211 años de la Independencia, el presidente López Obrador pidió respetuosamente al Gobierno estadounidense terminar con el bloqueo económico impuesto a la nación caribeña.
En lo referente al diálogo político que se desarrolla en nuestro territorio entre el Gobierno y la oposición venezolanos, México ha establecido un puente de comunicación con aquella nación y se ha convertido, junto con Noruega, en un importante mediador para ambas partes, sin inmiscuirse en sus asuntos internos.
El dinamismo regional mexicano es un hecho. Nuestro país tiene una vocación universal y de apertura hacia el mundo, y las relaciones exteriores y diplomáticas son más que comercio, sin restarle importancia a éste. El humanismo, los principios del derecho internacional, la fraternidad y la solidaridad entre las naciones, la justicia, el respeto a las diferencias, la tolerancia, son todos ellos valores que deben seguir guiando la actuación y el liderazgo de México en el mundo y, en especial, en la Patria Grande que es nuestra América Latina. (Ricardo Monreal, El Sol de México, Análisis, p. 13)
Los que tienen, más o menos, mi edad, recordarán, no sin nostalgia, las películas de vaqueros en las que los rangers de Texas luchaban contra los cuatreros y los asaltantes de trenes, diligencias y bancos; al final de la cinta la muchacha, redimida, de bailar cancán en el ‘saloon’, por el ranger bueno, caía rendida de amor en sus brazos.
Hoy los rangers de Texas no dan abrazos, dan latigazos como se puede comprobar en los videos y las fotografías que han recorrido el mundo, donde los de a caballo y tejana latiguean a los haitianos que se mueren de hambre en su convulsionado país y que buscan una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida en Estados Unidos.
La imagen del ranger latigueando a un haitiano como si fuera un animal al que pretende domar es denigrante, no sólo para Estados Unidos, sino para la humanidad. La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Jean Psaki, dijo: “No creo que nadie que vea esas imágenes piense que son aceptables o apropiadas”. No estoy de acuerdo con la señora Psaki, en su país hay cientos de miles de supremacistas blancos que a los que el vandalismo en acción contra un haitiano les debe de parecer tan aceptable que ya esperan la parte dos del film o, cuando menos, el remake.
Por su parte, el secretario de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas, calificó las acciones de los migrantes como “desafiantes y desgarradoras” (seguramente míster Mayorkas ignora la frase “La necesidad tiene cara de chingue a su madre”). Además, aseguró que se investigarán los hechos —¿en dónde he oído yo esa frase? Le faltó agregar caiga quien caiga—. Ah, pero eso sí, advirtió: “Si vienes a Estados Unidos ilegalmente, serás devuelto. Tu viaje no tendrá éxito y estarás poniendo en peligro tu vida y la vida de tu familia”. A propósito de la amenazante frase de Mayorkas, se me ocurre una especie de paráfrasis que no tiene mucho que ver, pero va: Si vienes a Las Vegas tráete tus dólares y los de tu familia, vas a poder pasar y regresar cuando quieras, los dólares nada más pasarán porque lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.
Los migrantes haitianos hacinados en un puente fronterizo entre Estados Unidos y México —sin servicios básicos de higiene— pernoctan —no digo viven porque eso no es vida— en Del Río, Texas, cruzan el río Bravo para pasar al lado mexicano donde compran alimentos en Acuña, Coahuila. Al regresar es cuando los rangers, a base de latigazos, les impiden reunirse con su familia.
Una buena cantidad de haitianos migraron desde el 2010, a consecuencia de un terremoto, a países sudamericanos, Brasil y Chile principalmente, donde ya estaban instalados, tal vez no muy cómodos, pero no rechazados, algún vival les hizo creer que en Estados Unidos necesitaban mano de obra y él podía llevarlos mediante un pago que los ingenuos hicieron. La oferta también se supo en Haití, donde las condiciones de vida: inseguridad, secuestros, el asesinato del presidente Jovenel Moise, el terremoto de agosto y la falta de empleo —2.5 millones de haitianos viven con menos de un dólar al día—, originaron que familias enteras abandonaran su país natal al costo que fuera. De ahí la insólita concentración de haitianos en la frontera México-norteamericana.
A partir del pasado domingo el gobierno estadounidense comenzó a repatriar haitianos, de diversas procedencia, en tres vuelos diarios de 145 personas. Los repatriados manifestaron temor de regresar a su país donde les espera violencia y desempleo; una crisis política y económica; una vida insufrible
Apostilla: Los rangers de Texas fueron fundados en 1835 cuando este estado aún pertenecía a México
Respuesta
– No entiendo, ¿por qué hay tanta violencia contra los migrantes?
– Fácil. ¿Te acuerdas de ese bichito que no te iba a picar, pero que lo mataste porque te dio miedo? (Manuel Ajenjo, El Economista, Política y Sociedad, P.37)
La complejidad de la migración haitiana y centroamericana, distinta a la del 2018, ha echado por tierra todos los diagnósticos y las ilusiones humanistas del gobierno de México, aquellos que en diciembre de 2018 declaraban abierta la frontera sur.
Nunca previeron tampoco que la exitosa contención de centroamericanos forzada por Trump hasta enero pasado, hoy sería inútil por las tácticas de los “colectivos”, léase mafia, de polleros que rebasaron mediáticamente a las autoridades mexicanas.
El imprevisto rompió el cronograma político presidencial, pasmó a un gobierno que de pronto descubrió que la migración puede manchar todo el sexenio y, totalmente desconcertado, sólo se le ocurre pedir a Biden visas para migrantes y exigirle que invierta en Centroamérica. (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, P.38)
Tres problemas laceran la vida de los países pobres y ricos del continente: la pandemia, la inseguridad y en estos días la MIGRACIÓN. No obstante, para los integrantes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), con México como presidente, la crisis humanitaria del Amazonas al Bravo y sus costados no le mereció a sus señorías, así se dicen entre ellos, un minuto de la reunión celebrada en Palacio Nacional el sábado pasado.
Salvo los presidentes de Uruguay, Paraguay y Ecuador que fijaron postura en torno a la dictadura y dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua; los demás hicieron mutis o se refugiaron en la demagogia como Maduro, quien cree que con debates se resuelve una tragedia como la que sufren los venezolanos o Díaz-Canel quien fue exhibido por Lacalle porque Abdo, el paraguayo, mejor se fue.
Hay por lo menos 17 países del continente que viven de cerca las consecuencias de la migración, los expulsores: Haití, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, que por sus condiciones geográficas enfrenta problemas múltiples. Y los demás que registran el tránsito de los que huyen de la pobreza y la violencia: Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Brasil y, desde luego, los dos que son el destino que buscan los migrantes, Estados Unidos y Canadá.
Detrás de la migración hay pésimos gobiernos, traficantes de personas, de órganos y de blancas; secuestro, asalto, trasiego de drogas y más mucho más, pero a los participantes de la sexta reunión del CELAC no les pareció relevante.
La crisis humanitaria en las fronteras sur de México y de Estados Unidos ya cumple años, desde los tiempos de Trump las caravanas no cesan, tanto que México tuvo que desplegar 25,000 elementos de la Guardia Nacional y El Salvador y Guatemala aceptar el papel de tercer país que ha servido para maldita cosa.
Facilitar el asilo o el refugio son recursos que las naciones han establecido para dar respiro a quienes no están seguros en sus lugares de origen, pero las movilidades humanas se detectan por todo el mundo, no hay un freno, tampoco suficientes respuestas, los países europeos han entrado en controversia, Turquía le ha puesto un precio, Asia tiene flujo permanente desde Siria, Irak, Sri Lanka o Afganistán y en América, el sueño de miles está en Estados Unidos y en menor proporción en Canadá.
Algunos discursos se fueron contra lo que llaman bloqueo contra Cuba, cosa que no ha existido desde la Crisis de los Misiles, como tampoco hay embargo comercial contra la isla. El senador republicano Marco Rubio calculó en 10,000 millones de dólares el intercambio comercial de las exportaciones e importaciones incluyendo 280 millones de dólares que Estados Unidos le vende a Cuba. La representante María Elvira Salazar aseguró que los cubano-americanos envían remesas por 7,000 millones de dólares.
A la crítica se agregó la petición de López Obrador para que Estados Unidos regale vacunas contra la covid a las naciones del continente; o sea que la reunión de la CELAC fue algo así como una de esas juntas de condóminos en las que los habitantes critican a los que viven en el penthouse pero les piden que les compartan la señal del internet.
Solo en las últimas semanas unos 15,000 haitianos han estado de Ciudad Acuña a Del Río tratando de pasar a Estados Unidos, además de que hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, venezolanos y cubanos llegan a poblados de las dos fronteras de México. Se calcula que las autoridades migratorias han detectado ciudadanos de 97 países en busca del llamado sueño americano; pero para los organizadores de la reunión de la CELAC la migración no fue tema. (Juan María Naveja, El Economista, El Foro, P.47)
El mensaje a la Casa Blanca es claro: en México no disminuirá la creciente violencia si el gobierno del vecino país no reglamenta la industria del armamento y frena el tráfico ilícito en su frontera sur. La corresponsabilidad para atacar la violencia y poner fin a la negligente venta de armas son urgentes. (La Crónica de Hoy, P.p)