Es hora de sonar las alarmas en Washington: la relación con México no va por buen camino. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador está en plena retirada del consenso binacional de las últimas décadas de que una mayor integración económica beneficiaría a ambos países. AMLO supuestamente sigue avanzando el proyecto; firmó, después de todo, el nuevo tratado de libre comercio. Pero son muchas las actitudes que revelan su nostalgia por el nacionalismo aislacionista y autosuficiente. Acciones contra inversiones privadas y extranjeras; la nueva ley de seguridad que limita la colaboración cercana con Estados Unidos para combatir al crimen organizado; las propuestas energéticas que favorecen a los monopolios estatales; y las amenazas de legislación en contra de las redes sociales estadounidenses violan, en forma o en espíritu, el T-MEC y el progreso de décadas recientes.
Y lo trágico es que el contexto en que Estados Unidos está replanteando su relación comercial con China; la crisis de migración centroamericana; y los apagones en Texas y el norte de México muestran contundentemente que lo que se necesita entre México y Estados Unidos es más cooperación, no menos.
El peligro ahora es que Washington no le preste la debida atención a México. Luego de 4 años de vacaciones del liderazgo mundial, el presidente Biden y su Departamento de Estado estarán muy ocupados atendiendo muchas prioridades de política exterior. Además, como Biden sabe mejor que nadie, la compleja relación con México, por tocar tantos temas de política doméstica (migración, economía, seguridad, medio ambiente, etcétera), no se presta a ser conducida por el Departamento de Estado.
Por ello Biden debería pedirle a la vicepresidenta Kamala Harris lo que el presidente Obama le pidió a él cuando era vicepresidente: hacerse cargo de la relación bilateral y coordinar todo el gabinete para aprovechar el potencial de la relación en beneficio de ambos países.
No será fácil. A AMLO se le debe invitar a una visita de Estado para presentarle un nuevo diálogo estratégico liderado por Harris. Ella tendrá que hacer uso de su talento político para hacerle ver a México que en Washington el país cuenta con un socio listo para incrementar la colaboración que fortalezca la competitividad regional, pero que también se acabó el cheque en blanco que Trump le dio a AMLO que le permitiera hacer lo que quisiera a cambio de complacerlo con el tema migratorio. Biden tiene que invitar a su contraparte a volver a comprometerse con la visión compartida, y alinear incentivos a favor de un nuevo acercamiento. (Andrés Martínez, Reforma, Opinión, p.10)
El presidente Joe Biden propuso la que podría ser la reforma migratoria de mayor impacto desde 1986, que de entrada, abriría un camino hacia la legalización de tantos como 11 millones de inmigrantes indocumentados.
Pero la medida, como todas las de su tipo a lo largo de los años, enfrenta grandes dificultades en el Congreso estadounidense, particularmente en el Senado, donde necesitará el absoluto apoyo de los 50 demócratas y de al menos 10 republicanos.
La reforma migratoria es de enorme importancia política. Es un tema particularmente polémico en un país politizado y polarizado, pero que tiene a los inmigrantes como uno de sus mitos fundadores. Es además, una “piedra de toque” con la comunidad hispana, la mayor minoría étnica en el país.
Pero desde la reforma de 1986, el tema migratorio se ha convertido en un pantano político que ha llevado a estancamientos legislativos y decepciones. Y en ese sentido, Biden tiene una ventana de oportunidad de sólo dos años.
Biden y sus aliados creen que es el momento correcto. Según las encuestas de los últimos tres años, hay un ambiente favorable a la legalización de migrantes, en parte como reacción a las políticas xenofóbicas del gobierno de Donald Trump y los abusos de derechos humanos que provocaron.
Como muestra de la diferencia, la publicación Axios notó que el gobierno Biden usó términos que no puedan ser tomados como ofensivos, desde “no ciudadano” por “extranjero” a “individuo indocumentado” en lugar de “extranjero ilegal”.
Para Axios, “los nuevos términos apuntan a una postura migratoria más acogedora del presidente Biden en general”. De hecho, el demócrata decidió atenuar la agresiva política de deportaciones y forma de trabajo de autoridades migratorias. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Opinión, p.19)