Opinión Migración 240323

AMLO creando más enemigos

En México hay una violación sistemática de derechos humanos y esto es una realidad que el Presidente de la República no acepta. Incluso, cuando el gobierno norteamericano emitió este lunes el “Informe de países sobre prácticas de derechos humanos de 2022”, el presidente López Obrador dejó ver uno de sus rostros más iracundos.

El Departamento de Estado de Estados Unidos de América, entregó este 20 de marzo al Congreso norteamericano, un estudio sobre la situación que guardan los derechos humanos en cerca de 200 países, mismo que realiza desde hace 50 años. Este ejercicio de evaluación del gobierno norteamericano es el resultado del análisis de personas defensoras de derechos humanos, de periodistas, de académicos, de organizaciones y de víctimas. Este documento hace un llamado para que los países mejoren la protección de los derechos fundamentales.

México está obligado en el concierto de las naciones a mitigar la delincuencia y a proteger y garantizar los derechos y libertades. Por ello, es inentendible que, ante este compromiso que dignifica la vida de los mexicanos, el titular del Ejecutivo federal se niegue a hacer una autocrítica de su administración.

Sin duda, este informe le duele a López Obrador porque señala que en México la violencia e inseguridad persisten en el país, es decir, que las detenciones arbitrarias, los homicidios, las masacres y las desapariciones han incrementado. Muy al estilo lamentable del Presidente, en lugar de reconocer los errores y corregirlos, emite calificativos contra las autoridades norteamericanas como: “bodrio”, “departamentito”, o “conservadores”.

Las cifras oficiales delatan los pésimos resultados que ha dado este gobierno en materia de seguridad. En lo que va de esta administración, más de 145 mil personas han sido asesinadas y más de 41 mil se encuentran desaparecidas. (…)

Cuando el informe del Departamento de Estado de nuestro vecino del norte muestra la falta de condiciones para los migrantes que transitan por nuestro país, el presidente mexicano se encoleriza. Es público que los funcionarios de migración y de aduana victimizan a los migrantes y a los solicitantes de asilo. Hemos visto cómo los servidores públicos de Morena violan derechos humanos, les niegan condiciones dignas de traslado y son perseguidos e incluso golpeados por elementos estatales.

López Obrador no acepta la realidad que se vive en México, que se le exige en las marchas, que se le denuncia en los medios de comunicación. No acepta esa realidad que también se le señala desde Estados Unidos y desde los organismos internacionales como la ONU y la OEA. Prefiere vivir en una mentira antes de hacerse responsable de sus malas decisiones.

Es necesario que el presidente mexicano cambie la estrategia de seguridad y deje de abrazar a los delincuentes. Debe parar esta pelea con el gobierno de Estados Unidos. Urge que se corrija el rumbo de nuestro país. (Kenia López Rabadán, El Universal, Opinión, p. 20)

Círculos concéntricos

Cuando me han preguntado alguna vez por mi identidad, he dicho que imagino como símil los círculos concéntricos que se abren sobre el agua al caer de una piedra. En el primero de esos círculos soy nicaragüense, en el siguiente centroamericano, en el otro caribeño, y por fin, en el más amplio de todos, el que abarca y ampara a los demás, soy hispanoamericano de las dos orillas. Es decir, siempre me he sentido de una parte y de todas, y jamás me he visto como extranjero en ningún sitio de los míos. Son identidades sentidas, y compartidas.

El asunto de las fronteras y los pasaportes, de las vallas fronterizas y de los visados, son artificios que han crecido con el tiempo, en la medida en que las migraciones masivas se han vuelto parte de las crisis económicas y sociales, y también a causa de la opresión política, que obliga a la gente al éxodo. Sólo el año pasado 170 mil nicaragüenses solicitaron asilo en los puestos fronterizos terrestres de Texas, Arizona y California, tras un viaje más que azaroso a través de México.

 

Pero aun la frontera de Estados Unidos fue en un tiempo lo que podríamos llamar una frontera inocente. En su libro de memorias Ulises criollo, José Vasconcelos, cuyo padre tenía un puesto de inspector de aduanas en Piedras Negras, recuerda que, a Eagle Pass, al otro lado de la guardarraya invisible, se pasaba sin requisito alguno, y él asistía a la escuela allá, con sólo atravesar un puente. El drama de los migrantes intentando cruzar clandestinos la fronteras amuralladas y vigiladas con drones, o remontar a nado las aguas del río Bravo de noche, a riesgo de morir ahogados, no existía.

Los grandes cataclismos políticos, que provocan fenómenos ofensivos para la dignidad humana, son capaces de borrar ese concepto de fronteras inexpugnables que se ha venido petrificando en las últimas décadas. Lo vimos con los 222 prisioneros políticos de Nicaragua, expulsados ilegalmente hacia Estados Unidos, bajo una trampa alevosa, pues fueron dotados de pasaportes, y al apenas aterrizar en Washington, la dictadura los declaró apátridas. Igual que fuimos declarados apátridas poco después otros 93 nicaragüenses.

Muchos de esos prisioneros nunca se habían subido a un avión. Llegaron en mangas de camisa bajo un frío invernal, sin familiares ni conocidos que estuvieran esperando por ellos, sin conocer una palabra de inglés. Es la gran soledad del exilio.

 

Recibieron refugio humanitario, y necesitados de techo y de formas de subsistencia, de inmediato se desplegó una red solidaria de organizaciones de refugiados y defensores de derechos humanos, que los han llevado a vivir a diferentes estados, en espera de poder encontrar trabajo, o estudios.

Luego el gobierno de España, sin dilaciones, y con hermosa generosidad, ofreció a todos los despatriados la ciudadanía, y a este ejemplo siguieron ofertas similares de los gobiernos de Chile, Argentina, Colombia, México, que les han abierto sus puertas, como es muy posible que lo hagan también los gobiernos de Ecuador y Uruguay.

Una restitución común frente a un despojo inicuo, que me devuelve a esa idea de la identidad compartida, un círculo que se abre tras otro círculo, de manera cada vez más amplia. “Les devolveré lo que perdieron a causa del pulgón, el saltamontes, la langosta y la oruga”, dice el Antiguo Testamento en el libro de Joel. ¿No es esto, arrancarte de tu tierra, decretar que te la quitan, obra de depredadores?

Al serme concedido el Premio Cervantes de Literatura en 2017, el consejo de ministros me otorgó la ciudadanía española junto con el gran director de cine mexicano Alejandro González Iñárritu; de modo que cuando la dictadura en Nicaragua me despojó de mi condición de nicaragiiense, según sus cuentas, pero no según las mías, aquella decisión honorífica, que tanto aprecié entonces, hacerme español por méritos literarios, se convirtió en mi escudo protector. La fuerza del primer círculo concéntrico.

Luego, de verdad, me he sentido abrumado. El ofrecimiento del presidente Gustavo Petro, que me transmitió en Madrid el canciller Alvaro Leiva, de otorgarme la ciudadanía colombiana, y la llamada que me hizo el presidente Guillermo Lasso, para ofrecerme la ciudadanía ecuatoriana. Y el ofrecimiento, igualmente generoso, del presidente de Chile, Gabriel Boric; de Argentina, Alberto Fernández; y de México, Andrés Manuel López Obrador, a todos los desnicaraguanizados.

Entonces, esto de la madre patria, y de la patria común americana, que en los libros escolares y en los textos de historia parece como una formulación retórica, cobra sentido real. Te despojan de lo que es tuyo y nadie puede quitarte, pero mientras tanto yo te doy mi país, mi casa es la tuya.

Como en el evangelio según San Mateo, “todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras, recibirá cien veces más”. Y eso me devuelve a mi idea de los círculos concéntricos. (Sergio Ramírez, La Jornada, Opinión, p. 17)

Patrioteros chabacanos

Para quienes pensaban que la complacencia ante los grupos criminales se debía a una estrategia del oficialismo para generar la percepción de eficacia de la contención de los cárteles, hoy conocen que se debe a la connivencia entre altas autoridades federales y locales.

Es decir, Estados Unidos ha revelado que la política de “abrazos y no balazos” es, en realidad, producto de un acuerdo de algunos miembros del oficialismo con las bandas de criminales que han inundado de fentanilo a ese país consumidor y volvieron adictas a nuestras juventudes.

Las autoridades estadunidenses y un comité de su Congreso cuentan con varios reportes, con nombre y apellido de gobernadores, gobernadoras, senadores, diputados, miembros de Morena e incluso de la oposición y mandos de la milicia con vinculaciones criminales.

El gobierno mexicano jugó mal y Estados Unidos no la va a dejar pasar. De chantajeado con el tema de la migración, ese país parece no estar dispuesto a perder la valiosa oportunidad de exhibir a la 4T como un movimiento en el que se han refugiado miembros de las bandas criminales.

Esto se produce justo cuando el líder de la 4T garantiza continuidad, anulando a sus candidatos. No importa quién sea, seguirá siendo lo mismo. Y eso puede traducirse en misma tolerancia al crimen, misma tolerancia a los feminicidios, desapariciones forzadas, expropiaciones simuladas, rechazo a inversiones basadas en energías limpias y misma militarización.

El secretario de Estado, Antony Blinken, no dijo nada que los mexicanos no sepan. Que desde hace dos sexenios y con mayor complacencia en el presente, el crimen organizado gobierna, de facto, vasto territorio de México.

 

Blinken declarò algo que a los mexicanos les ha costado valor reconocer: “El propio pueblo mexicano es la víctima número uno de esa inseguridad”, expuso ante una comisión de su Congreso.

El reporte sobre los derechos humanos del Departamento de Estado que ha ofendido al oficialismo tiene datos que checan con los denunciados por organizaciones ciudadanas mexicanas: desapariciones forzadas, desplazamientos, ejecuciones extrajudiciales, abusos de la milicia, acoso oficial y del crimen a la prensa, etcétera.

Respecto de la participación del crimen en las elecciones, señala lo siguiente: durante las elecciones realizadas entre septiembre de 2020 y junio de 2021 fueron asesinados 36 candidatos y 64 políticos. “La tasa de agresiones contra figuras políticas estuvo a la par de la elección de 2018, uno de los periodos políticos más violentos de la historia reciente”.

Los estados donde hubo más violencia política fueron Veracruz, seguido de Guerrero y Guanajuato. Los “candidatos municipales” fueron las víctimas más comunes. (Jorge Camargo Zurita, Excélsior, Nacional, p. 12)

Coordenadas // Una relación esquizofrénica: México-EU

Estados Unidos parecieran vivir en la esquizofrenia.

Mientras que un alto funcionario del gobierno de Biden, John Kerry, excandidato presidencial y su enviado especial para el medio ambiente, reconoce la “sabiduría en el liderazgo de AMLO”, el secretario de Estado, Antony Blinken, afirma que hay partes del territorio que son controladas por los narcos y señala que consideraría declarar como terroristas a las organizaciones criminales que operan en México.

¡Vaya!

Mientras tanto, el presidente López Obrador prácticamente insulta al Departamento de Estado y a su “departamentito”, que se encarga de hacer su Informe sobre Derechos Humanos, al que califica como “un bodrio”.

Y la vocera de la Casa Blanca, dice que el presidente de México miente.

Pero, en paralelo, resulta que, como nunca, parece haber un extraordinario interés de las empresas norteamericanas en invertir en México y también un enorme interés de la administración Biden en que el gobierno de AMLO siga apoyando en su estrategia en materia de migración.

Pero, también nos encontramos al presidente López Obrador defendiendo a su amigo, Donald Trump, del intento de ser procesado penalmente, y AMLO hace la analogía de su desafuero en 2005, refiriendo que en ambos casos lo que estuvo y está atrás es el intento de excluirlo de la boleta electoral.

Vaya cuadro.

Si se ve desde cierta óptica pareciera que las relaciones entre México y Estados Unidos se encuentran en el peor momento desde hace muchos años. (Enrique Quintana, El Financiero, Página Dos, p. 2)