¿Dónde estaban Marcelo Ebrard, Martha Bárcena y Juan Ramón de la Fuente el martes durante la 75 Asamblea de las Naciones Unidas? Andrés Manuel López Obrador presentó una de las más pobres exposiciones de la que se tenga memoria en un foro que al país le ha sido favorable, salvo episodios para olvidar como el de Muñoz Ledo.
Los compromisos del Milenio, el Acuerdo de París y la erosión de los ecosistemas, la persecución de los migrantes, entre otros, fueron los temas de los mandatarios que sabían dónde y por qué estaban ahí.
El discurso de AMLO fue de las fantasías a las mentiras: las inversiones nacional y extranjera se están alejando todos los días, la caída del empleo es dramática, se han perdido millones de empleos que no se van a recuperar. Los especialistas señalan a México como el país del continente que registrará la más alta debacle de la economía, como no se ha sufrido en 100 años. Todos los días en los medios hispanos de Estados Unidos se da cuenta de la persecución de ICE contra los mexicanos indocumentados, sobre todo contra mujeres y niños, y todavía su presidente presume las remesas como si fueran un logro y no dinero manchado de sangre. Las cosas están mal. El presidente está solo con sus limitaciones, que son muchas. No lo ayudan y parece que tampoco se deja ayudar. Con el discurso ante Naciones Unidas sólo se confirmó que la política exterior es inexistente, pero lo mismo pasa con el resto de las áreas del gabinete, los titulares prefieren guarecerse en el anonimato con tal de no sufrir el escarnio de palacio. (Juan María Naveja, El Economista, El Foro, p. 47)
En la Secretaría de Gobernación edulcorada, por dulce pero también por adelgazada en sus funciones y facultades, despacha una señora cuya experiencia política es extremadamente limitada.
No sólo le retiraron responsabilidades de seguridad, de migración –hoy prácticamente en manos de Relaciones Exteriores– sino incluso de diálogo político con los gobiernos estatales. Ella prefiere lo light, lo suavecito: los derechos humanos, la atención a las víctimas, la búsqueda de desaparecidos que nadie encuentra y la equidad de género, esta última tan pateada y desdeñada por el presidente.
Resultado: otro desastre. Ni víctimas, ni derechos humanos (vea usted la desarticulada y controlada CNDH, dirigida por otra incondicional que entiende poco de su trabajo y función) ni tampoco equidad de género. (Leonardo Kourchenko, El Financiero, Opinión, p. 27)
Ayer, al enumerar algunos de los fracasos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) durante sus 75 años de existencia, me limité a aquellos que muestran que “no sólo ha sido incapaz de prevenir guerras, sino que ha participado activamente en varias de ellas bajo el pretexto de buscar ‘el interés común’ de sus países miembros”.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) empezó a funcionar el 1 de enero de 1951 y su objetivo es, como se anota en www.acnur.org, “garantizar que todas las personas tengan derecho a buscar asilo y encontrar un refugio seguro en otro Estado, con la opción de regresar eventualmente a su hogar, integrarse o reasentarse. Durante los momentos de desplazamiento, el ACNUR proporciona asistencia de emergencia crítica, como agua potable, saneamiento y atención médica, albergue, mantas, artículos para el hogar y, a veces, alimentos. También organiza transporte y paquetes de asistencia para las personas que regresan a sus hogares, así como proyectos de generación de ingresos para quienes se reasientan”.
Hacia finales del 2019, había casi 80 millones de seres humanos forzosamente desplazados de sus lugares de residencia; 20.4 millones eran refugiados protegidos por el ACNUR, ya sea dentro de sus países de origen o en otros. Gracias a los esfuerzos del Alto Comisionado, 5.6 millones pudieron regresar a sus propias comunidades. Este año, en los primeros meses de la pandemia, el Covid-19 causó que 700,000 personas fueran desplazadas dentro de 19 países.
El 74% de los fondos de la ONU provienen de los gobiernos y el resto de organizaciones no gubernamentales, fundaciones y diversas entidades multinacionales.
Para 2020, el presupuesto general es de 3,073 millones de dólares, que no es gran cosa si se considera el número de programas que deben ser financiados. (Eduardo Ruiz-Healy, El Economista, Política, p. 39)

(Rictus, El Financiero, Nacional, p. 32)