Opinión Migración 250224

La Subsecretaría Ayotzinapa

Uno de los cambios en el organigrama del gobierno que no ha funcionado fue la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración, a la que propiamente habría que llamar Subsecretaría Ayotzinapa, porque a eso se dedicó durante cinco años y, para colmo, todavía no encuentran ni los cuerpos de los estudiantes ni a los verdaderos culpables.

Siempre ha sido una Subsecretaría de chile y de manteca, antes también se dedicaba a asuntos religiosos, hoy a derechos humanos, cuando la definición clásica de violación de derechos humanos siempre se atribuye al Estado.

Por tal motivo, las repetidas crisis migratorias, que han enturbiado la relación bilateral con Estados Unidos y se van a seguir emponzoñando en los próximos años, carecen de dirección y de políticas claras, hasta el punto que el Instituto Nacional de Migración (INM) le pasó la bolita y la responsabilidad a Marcelo Ebrard y a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) con el incendio y muerte de 40 migrantes en Ciudad Juárez.

No está de más recordar el 30 de mayo de 2019, cuando Donald Trump amenazó con imponer aranceles si el gobierno mexicano no contenía un flujo migratorio, que llegó a 130 mil migrantes y solicitantes de asilo por mes. El gobierno se comprometió a bajar el flujo a 30 mil y lo hizo en tres meses con la intervención de la Guardia Nacional. Ahora sabemos, por las memorias del yerno, que fue un bluf de Trump y que se divirtieron con el asunto.

La amenaza y chantaje de Trump se puede repetir en unos meses. Ya advirtió que va a ser dictador por un día y va a cerrar la frontera. También afirmó que la nueva política va a ser la de capturar migrantes y devolverlos a México: Catch and realease in Mexico.

Por eso vale la pena recordar que, en el primer encuentro de este gobierno, en diciembre de 2018, Ebrad negoció con Mike Pompeo el programa Quédate en México, para que los solicitantes de asilo extranjeros esperaran en México a que les dieran audiencia. Recuerdo esa conferencia de prensa donde dos funcionarios de la SRE balbuceaban tratando de explicar el acuerdo con supuestas razones humanitarias.

Esta concesión resultó envenenada, luego vino el título 42 con la deportación de cientos de miles de extranjeros a México y finalmente otro acuerdo de aceptar a 30 mil extranjeros al mes de origen haitiano, nicaragüense, cubano y venezolano.

¿Todo esto a cambio de qué?

La devolución de extranjeros migrantes, en tránsito o solicitantes de asilo, al país vecino es una práctica totalmente inusual. La ley internacional sostiene que los responsables son los países donde está localizada la persona migrante o solicitante de asilo. Si se devuelven los migrantes al país vecino, esto podría convertirse en una cadena sin fin y habría que devolver a Guatemala a miles de venezolanos, hondureños, nicaragüenses, etcétera, etcétera.

Una buena pregunta a los candidatos sería esta: “¿Qué van a hacer…?” El cambio de gobierno es la oportunidad para poner punto final a esta práctica abusiva de nuestros vecinos, contraria a las leyes internacionales y lesiva a la soberanía nacional.

Pero en México, el tema migratorio no se toma en serio cuando es el tema crucial en el caso de nuestros vecinos. El juicio político a Alejandro Mayorkas, secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, tiene que ver con el asunto migratorio y los acuerdos con México.

La política, de la no política, la de laissez faire, laissez passer, de la época del PRI, ya no funciona. Porque hoy ya no es problema la emigración de mexicanos, sino la migración en tránsito de centroamericanos, sudamericanos, caribeños y ahora africanos y asiáticos, que tienen como destino Estados Unidos.

La política migratoria no puede quedar en manos del comisionado del INM, que tiene una función operativa y que, además, este instituto requiere de una profunda purga y reorganización. La política migratoria se debe fijar en Gobernación, exclusivamente en una Subsecretaría de migración y población, y las negociaciones bilaterales e internacionales deben quedar a cargo de la SRE.

La comparsa de altos funcionarios y militares que fueron a la última reunión en Washington da cuenta de que no hay una cabeza pensante y políticamente responsable del tema migratorio. Lo que resulta obvio, ya que la subsecretaría no se encarga del asunto ni tiene el personal adecuado.

Revertir el terreno ganado por Estados Unidos, después de cinco años de devoluciones de extranjeros a nuestro territorio, será un asunto complicado. Pero hay que fijar una posición clara desde el primer día del nuevo gobierno. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 16)

Rayuela

Y por si algo faltara, ahí viene Trump de nuevo. (Rayuela, La Jornada, Contraportada)

La Esquina

La ciudad más grande del sur de Estados Unidos se ha visto en aprietos para atender a migrantes que aguardan a la decisión de un juez sobre su solicitud de asilo; la tarea conjunta entre México y EU para atender el problema necesita más que buenas intenciones, por lo que una respuesta binacional debe ser inmediata. (La Esquina, La Crónica de Hoy, P.p.)

Trump: sistematización de la mentira

Durante su participación en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), el ex presidente Donald Trump reiteró la amenaza de llevar a cabo la deportación de inmigrantes más grande en la historia de Estados Unidos si gana las elecciones de noviembre próximo. Tras asegurar que no es agradable decirlo y odia expresarlo, dio un salto en su retórica racista al afirmar que no hay otra opción porque los solicitantes de asilo están matando a nuestra gente; están matando a nuestro país, están matando a nuestra gente. Completó la diatriba expresando a su auditorio que están llegando al territorio estadunidense millones y millones de personas directamente desde cárceles, instituciones mentales y manicomios. Según dijo mediante una referencia a una célebre película, en esos últimos sitios se interna a pacientes que practican formas extremas de tortura e incluso el canibalismo.

El discurso de odio y las aseveraciones carentes de cualquier sustento han sido un elemento central en el repertorio del magnate para azuzar a la ultraderecha que constituye su voto duro y le es fiel sin importar sus dichos o acciones. Estos ataques, que se han ido naturalizando desde su irrupción en la política en 2015, recobran su peligrosidad ante las altas probabilidades de que consiga hacerse con la nominación presidencial del Partido Republicano, así como por las posibilidades que le otorgan las encuestas para obtener revancha sobre Joe Biden y regresar a la Casa Blanca el año entrante. Ayer mismo, se hizo de una victoria importante en términos tanto prácticos como simbólicos tras derrotar de manera contundente a Nikki Haley en Carolina del Sur, estado donde ella nació y de la que fue gobernadora de 2011 a 2017. Haley, quien fungió como embajadora ante la ONU bajo el gobierno de Trump, es la única rival que no se ha bajado de la contienda tras una cascada de declinaciones de aspirantes que no lograron convencer al electorado conservador de ser una alternativa preferible al ex presidente.

A lo largo de los últimos ocho años, Trump se ha convertido en el máximo explotador de la posverdad, forma de discurso en la que los bulos se esparcen sin ningún cuidado por brindar datos que los sostengan o los revistan de credibilidad, pues la distinción entre lo real y las invenciones pierde toda relevancia. De este modo, un hombre que culpa a los migrantes de envenenar la sangre estadunidense dice que su rival demócrata está rodeado de fascistas. Un hombre que exigió a un funcionario alterar los resultados electorales a su favor (sólo quiero encontrar 11 mil 780 votos, dijo al secretario de Estado de Georgia, responsable de la organización y calificación de los comicios en la entidad), e incitó a una horda de sus fanáticos a asaltar la sede del Congreso, afirma que la democracia estadunidense se encuentra al borde del colapso por los intentos de hacerle rendir cuentas por sus crímenes.

Las manifestaciones deshumanizantes de ayer recuerdan la urgencia de dar con las herramientas sociales e intelectuales para combatir una retórica basada en falacias y en apelaciones a los instintos más primitivos y agresivos de la sociedad. El crecimiento de la xenofobia en Estados Unidos, aunada a la ubicuidad de las armas de fuego y el culto a éstas que profesan muchos de los grupos antimigrantes, representa un caldo de cultivo para desastres que podría empequeñecer las masacres motivadas por el racismo que ya han tenido lugar en ese país, por lo que es inadmisible normalizar el uso de expresiones fascistas en la arena política. (Editorial, La Jornada, p. 2)