Opinión Migración 250623

Emigrantes ahogados y la implosión de millonarios con apellido

Entraron en nuestra casa sin llamar. No hubo tiempo para reflexionar. Sin saber por qué y cómo no fueron unos desconocidos. Sus nombres nos han acompañado durante toda una semana. Supimos inmediatamente quiénes eran.

Los medios de comunicación han sido prolíferos en informarnos. Tuvimos conocimiento de su número exacto, cinco, todos hombres, y se llamaban Shahzada y Suleman Dawood, Hamish Harding, Paul-Henri Nargeolet y Stockton Rush. Conocemos sus profesiones, edad, aficiones y destrezas. Sus vidas nos han sido trasmitidas para empatizar con el dolor que produce la muerte. Asimismo, nos enteramos de que eran gentes de bien. Sus historias han pasado a formar parte del relato. Un problema no identificado les perdió la pista. Marina, aviación, servicios de inteligencia de Estados Unidos, Canadá y Europa Occidental unieron sus esfuerzos en una cruzada por encontrarlos. Radares, satélites, drones, en fin, tecnología de última generación se puso al servicio del rescate.

A medida que circulaban las noticias, nos enteramos de las características del submarino, el costo de la expedición y lo exclusivo de la experiencia. El objetivo no era otro que fotografiar y observar los restos del Titanic, ícono de las catástrofes marítimas del siglo XX. Los intrépidos viajeros del abisal marino eran millonarios. Pocos podrían emular su aventura. Sus relatos serían el centro de atención en fiestas, reuniones y tertulias. Ahora toca pasar el luto. Sus familiares y amigos les lloran amargamente. Todos tienen palabras de reconocimiento. Eran unos valientes, incluido el hijo de Dawood, con 19 años, obligado a subirse por expreso deseo de su padre. Seguramente, sus herederos crearán fundaciones ad hoc a fin de mantener vivo sus nombres. Así, prontamente, veremos cómo patrocinarán viajes para emular a los malogrados expedicionarios. Así, en el precio se incorporará el riesgo de no retorno como parte de la experiencia.

A inicios de verano, en Europa, con el mar en calma, el Mediterráneo y sus playas son un reclamo para miles de turistas que toman el sol en tumbonas alquiladas, se recrean en sus paseos marítimos, disfrutan del clima y viven el tiempo de vacaciones, ajenos a un mar que exhala muerte. Sin embargo, desde hace décadas, en medio de un mundo desigual, los países de la OTAN y del primer mundo fomentan políticas xenófobas. Sus gobiernos aplican leyes de extranjería que recuerdan las desarrolladas por el Tercer Reich.

Pese a todos los inconvenientes, a sabiendas de las dificultades, de los riesgos que se corren, muchas personas ponen en peligro sus vidas por un sueño. Buscan un futuro mejor. Pagan dineros a mafias, hipotecan sus pocos bienes y saben que si sus familias no devuelven el préstamo serán un objetivo para sicarios. Ellos huyen de la pobreza, el hambre, las guerras y la desesperanza. Ven el mar como una tabla de salvación. Son ingenuos, no valoran peligros, sólo visualizan la posibilidad de conseguir un trabajo, estudiar, educar a sus hijos, poder vivir dignamente. En definitiva, encontrar un remanso a tanto sufrimiento.

No otra es la causa por la cual se embarcan en una odisea cuyo final, la mayoría de las ocasiones, es morir con los pulmones encharcados de agua. Pero no tienen otra opción, esa es la contrapartida. Si no es por mar, es por tierra. Pero en la frontera también son perseguidos, expulsados en caliente, como sucedió hace un año en Melilla. Allí los muertos no tienen nombre ni apellido, siguen en la morgue. Son cadáveres que terminarán en fosas comunes. Nadie se responsabiliza. Las víctimas no tienen derechos, ni a ser recuperadas por sus familiares.

En estos días, mientras seguíamos con atención el rescate de los cinco multimillonarios, morían en las aguas del Mediterráneo cientos de personas que no ocupan titulares, salvo por la cantidad. Son pobres, no merecen atención alguna, al fin y al cabo provienen del Sahel. Negros, mujeres, niños o embarazadas. Son personas sin nombre ni apellidos. Así, son adjetivados como sirios, caboverdianos, nigerianos o cameruneses. Sus vidas son anónimas y sus historias no cotizan en bolsa. Son números que engrosan la lista de los desheredados. Deshumanizados, configuran estadísticas construidas para no asumir responsabilidades. Tampoco se esfuerzan en rescatarlos.

Para los condenados de la tierra no hay medios a su disposición. Ningún gobierno trata de salvarlos, más bien los deja morir. Y cuando logran llegar a las costas o son rescatados por las ONG, los sobrevivientes terminan apiñados en campos de concentración llamados eufemísticamente campamentos o son trasladados a centros de internamiento hasta su repatriación. Se les maltrata, denigra y expulsa. Son muchos los ejemplos. Italia, España, Turquía, Grecia, Francia, no importa el país de la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, su política es similar. Hay que dejar que se mueran, así desistirán y se enteran de que no son bienvenidos. Siendo pobres no tienen derecho a vivir. Hasta ahí podíamos llegar. (Marcos Roitman Rosenmann, La Jornada, Opinión, p. 12)

Hundimientos

En otros tiempos, aquello que se publicaba en las ocho columnas de un periódico, abría la transmisión de un noticiero radiofónico o iniciaba el resumen del día para el presentador televisivo, era lo que dominaba nuestra atención y conversación, pero en un mundo de comunicación instantánea, el peso de la difusión de los acontecimientos se ha repartido como nunca entre otras fuentes y entre la misma audiencia que participa de manera directa en el desarrollo de los acontecimientos.

Antes, éramos receptores de un grupo de noticias que se jerarquizaban por el impacto que los editores pensaban que tendría en nuestras vidas y por la posibilidad de que atraparan nuestra atención para ganar público y confianza en un auditorio cada vez mayor, que pudiera volverse receptivo a otro tipo de mensajes, principalmente publicitarios, que son los que generaban, y generan, ingresos.

La noticia que los medios llamados tradicionales decidieron destacar esta semana fue el terrible accidente de un sumergible (que no submarino) utilizado para visitar los restos del famoso barco Titanic, símbolo del error humano, que cobró la vida de sus cinco tripulantes, dos de ellos turistas aficionados al riesgo que habían pagado un cuarto de millón de dólares para descender a mil 700 kilómetros de profundidad, en una de las zonas más complicadas del Atlántico Norte.

Probablemente, por la conmoción social que siempre despiertan las misiones de rescate, la pérdida de comunicación del sumergible Titán mientras, irónicamente, buscaba los restos del célebre transatlántico, merecía los titulares internacionales y, con una pizca adicional de dramatismo, cumpliría con el objetivo de mantenernos al filo del asiento en lo que se lograba la milagrosa recuperación o sucedía lo peor; que el director de cine James Cameron, artífice de la popular cinta con el gran hundimiento del fondo y de un interesante documental acerca del histórico accidente, sólo ayudaba a darle más interés.

Sin embargo, nosotros hemos cambiado como público y tenemos canales de comunicación abiertos e inmediatos, que nos permiten expresar otros puntos de vista acerca de lo presentado por los medios. En este caso, por cada mención de la primera tragedia, se alertaba sobre otra que no había tenido la misma cobertura: un barco con aproximadamente 700 personas que buscaban llegar a Grecia y también se había hundido unos días antes.

La diferencia en la movilización de recursos técnicos y humanos para recuperar al Titán era enorme comparada con las 72 horas de búsqueda que se le dedicaron a la embarcación atestada de migrantes que, como en muchos otros casos, intentaban llegar a costas europeas para comenzar una nueva vida. El debate sobre la desigualdad ha sido intenso, lo mismo que el tiempo y líneas ágata que se han dedicado al caso de las cinco víctimas, el cual hoy es la representación del sinsentido en el que podemos caer cuando lo que sobra es dinero.

En mi opinión no debemos aceptar la pérdida de ninguna vida humana, independientemente del segmento social a la que ésta pertenezca, y al mismo tiempo, podríamos reflexionar sobre lo que pensamos que es importante y merece nuestra valiosa atención, pero que en este episodio parece contradecir los criterios que prevalecieron durante mucho tiempo en la edición de las noticias.

De nuevo, podríamos encontrarnos en una situación de desequilibrio entre lo que preocupa a la mayoría y lo que se piensa que nos quita el sueño. Hubo momentos en que esos puntos de vista coincidían, creo que ya no tanto (aunque existen afortunadas excepciones como lo es esta casa editorial y Grupo Imagen, en general), y por eso la era de desinformación que vivimos y la paulatina pérdida de confianza, no sólo en los medios de comunicación, sino también en las redes sociales.

Nuestro papel como audiencias es pedir equidad en la presentación de los sucesos que pueden influir en nuestras vidas, no sólo en los que pueden mantenernos a la expectativa o entretenidos. Las y los ciudadanos tenemos una obligación como público para comunicar lo que nos es relevante; los medios tienen una tarea para balancear datos con ocio, y ambos, el pendiente de disminuir las distracciones, el ruido y las noticias falsas, con información confiable que nos ayude a construir una sociedad cada vez más solidaria, inteligente y preocupada por el bien común. (Luis Wertman Zaslav, Excélsior, Nacional, p. 12)