AQUÍ SÍ, en la mejor tradición diplomática de México, el canciller Marcelo Ebrard se rifó con el tema de Afganistán al apoyar la evacuación de un centenar de personas, incluido un importante número de periodistas y sus familias. También ya están en territorio nacional las primeras mujeres refugiadas, en este caso las jóvenes integrantes de un equipo de robótica. (Fray Bartolomé, Reforma. Opinión, p.8)
Tatuarse la bandera podría representar la pasión máxima del nacionalismo, pero también una crueldad si se hace para discriminar a los extranjeros.
El expresidente Felipe Calderón utilizó en Twitter una plantilla que circula desde la semana pasada en la que se compara el número de feminicidios en México (2,240) frente a Afganistán (390) en el año 2020 (no hay cita de la fuente). Las cifras acompañan una crítica al secretario de Relaciones Exteriores: “Dice Marcelo Ebrard que México ofrecerá refugio a mujeres afganas para protegerlas de los talibanes”. Tres emoticonos ayudan a diluir la seriedad del mensaje.
Las comparaciones tipo America first son tan mezquinas como crueles. Permitirían que un personaje hiperventilado compare el número de ataques terroristas contra embajadas en Kabul durante los últimos 20 años con el número de bombas detonadas contra embajadas en la ciudad de México.
La ausencia de rasgos internacionalistas, terminan por llevar al lodo a quien con orgullo practica el “primero México”. Tal pareciera que existe una obsesión por vivir atrapado en los mapas; vivir en una especie de determinismo donde la bandera y el acta de nacimiento impongan el plan de ruta de cualquier ser humano.
Así lo pensaba Hitler.
Pensar que el acto de otorgar visas humanitarias a mujeres afganas es una acción sustituta que perjudica la situación vulnerable de las mujeres en México, es patético y mezquino. No extraña ver ese tipo de plantillas, como la que circuló Felipe Calderón, en las redes sociales. Fue en ellas donde se incubó el movimiento QAnon.
Lo que sorprende es que el expresidente no haya aprovechado su gestión para conocer mejor los problemas de cada país; que no haya ampliado su espectro humanitario gracias al privilegio de participar en asambleas generales de la ONU, y escuchar, escuchar y escuchar a líderes de Estado para conocer a fondo los problemas que tiene cada país y los entornos adversos a los que se enfrentan las mujeres, en cada país.
Lo que escribe Ben Smith en el diario The New York Times es una postal de generosidad del Gobierno de México y de los buenos reflejos del secretario de Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard, a quienes se les aplaude más allá de ideologías políticas en las que uno haya elegido encarcelarse y someterse como esclavo.
“Un grupo de afganos que trabajaba para The New York Times, junto con sus familias, aterrizó de manera segura el miércoles temprano, no en Nueva York o Washington, sino en el aeropuerto internacional Benito Juárez en la ciudad de México”, escribe Ben Smith.
El periodista se refiere a la operación como un “rescate” de 24 familias afganas. que no viajaron a Washington porque “funcionarios mexicanos, a diferencia de sus contrapartes en los Estados Unidos, pudieron sortear la burocracia de su sistema de inmigración para otorgar rápidamente documentos”.
Smith detalla que a las 17:30 horas del 12 de agosto, dos días antes de la huida del presidente de Afganistán, Marcelo Ebrard recibió un mensaje de WhatsApp de Azam Ahmed, exjefe del diario neoyorquino en Kabul para plantearle la siguiente pregunta: “¿El gobierno de México estaría dispuesto a recibir refugiados de Afganistán?”
Ben Smith recuerda que Ahmed y Ebrard han sostenido diferencias por lo publicado en el diario neoyorkino. Esta es la clave de la ayuda humanitaria: dejar a un lado las diferencias para dar la mano a un conglomerado de personas cuyo entorno se convierte en amenazante.
Ebrard consultó con el presidente López Obrador y a las 18:30 horas le respondió a Azam Ahmed que México sí les abriría las puertas a las 24 familias.
La crisis que está generando el retorno de los talibanes en Afganistán produce olas de generosidad en el mundo, pero también revela perfiles siniestros. (Fausto Pretelin Muñoz de Cote, El Economista, GeoPolítica, p.41)
La Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos decidió el miércoles que no discutiría el fondo de la queja del gobierno de Joseph Biden por la decisión de una jueza que le ordenó no suspender el programa MPP, mejor conocido como Remain in Mexico.
El MPP fue la imposición de Donald Trump al gobierno mexicano, bajo amenaza de aumento a los aranceles de las exportaciones, para que aquellos que pidieran asilo en EU esperaran su turno frente a los jueces norteamericanos en territorio mexicano. 65 mil solicitantes de asilo tuvieron que esperar en México en ese lapso y eso se notó en las condiciones infrahumanas de muchos campamentos en la frontera mexicana bien documentados en la prensa de ambos países.
En uno de sus primeros actos al llegar a la presidencia, Joseph Biden suspendió el programa. Un par de estados fronterizos pusieron demandas, el asunto llegó al máximo tribunal y el miércoles ganaron. MPP no puede suspenderse, coincidió la Suprema Corte dominada por conservadores.
Ayer mismo Roberto Velasco, jefe de la unidad para América del Norte de la cancillería mexicana, tuiteó: “Informo que el Departamento de Seguridad Interior de EU nos ha contactado sobre la resolución de la Suprema Corte de ese país respecto de la implementación de la sección 235(b)(2)(C) de su Ley de Inmigración y Nacionalidad. México no es parte del proceso judicial, el cual trata sobre una medida unilateral estadunidense. En el transcurso del día de mañana intercambiaremos información sobre esta resolución para definir las consideraciones de México, basadas en el respeto a la soberanía y los DD.HH.”.
Pues sí, mucha soberanía, pero el problema real de la cancillería y ahora del gobierno mexicano es el antecedente. En 2019, la amenaza de Trump fue suficiente. Un poco, la verdad, una vergüenza aquello. Hoy el presidente Biden no tiene salida frente a la decisión de la Suprema Corte. Y es cierto que algunos medios hablan de que quieren “suavizar” en algo el programa, la verdad es que Remain in Mexico es lo que es.
¿Qué va a argumentar México? O Biden tendrá que forzar el camino de la amenaza que tan bien le funcionó a Trump. Ese es el problema de sentar ciertos antecedentes con decisiones como la que se tomó en 2019. (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p.2)
Que el canciller Marcelo Ebrard entró al quite ante la burocracia que priva en el sistema migratorio estadunidense para evitar que periodistas afganos, que habían colaborado con medios de Estados Unidos en las últimas décadas, pudieran ser blanco de represalias de parte del régimen talibán. Pese a que esos reporteros colaboraron con medios como el New York Times y Washington Post, el gobierno de Joe Biden los dejó a su suerte. (Milenio, Al Frente, p.2)
El martes, cinco jóvenes integrantes de un equipo de robótica de Afganistán fueron las primeras personas de ese país en llegar a México gracias a la política del gobierno federal de ofrecer refugio a los afganos que temen por sus vidas después de que el Talibán reconquistó el poder el pasado 15 de agosto. Según expresaron en conferencia de prensa las recientes ganadoras del Premio Especial en el Campeonato Internacional de Robótica, México no sólo salvó sus vidas, sino también sus sueños al darles la oportunidad de continuar una trayectoria que se habría visto truncada bajo el régimen misógino que, se anticipa, será reinstaurado por los militantes islamitas.
Posteriormente, la madrugada de ayer, arribó un grupo de 124 afganos conformado por reporteros y trabajadores de distintos medios de comunicación acompañados de sus familias. Algunos de los periodistas que fueron recibidos por el canciller Marcelo Ebrard trabajaron para The New York Times, el cual destacó que las 24 familias afganas llegaron a México gracias a que las autoridades mexicanas, a diferencia de sus contrapartes en Estados Unidos, lograron vencer la burocracia de su sistema migratorio, para proveer rápidamente los documentos que, a su vez, permitieron que los afganos volaran desde el asediado aeropuerto de Kabul, con rumbo a Doha, Qatar. Trascendió que nuestro país también ofreció protección humanitaria a los equipos de The Wall Street Journal y The Washington Post, y el primero de ellos ya habría expresado sus planes de enviar aquí a sus colaboradores.
Sin duda, la acogida brindada a ambos grupos de afganos, y la apertura a seguir recibiendo a quienes requieran asilo, son gestos de solidaridad humanitaria que se inscriben en las mejores tradiciones diplomáticas mexicanas, y que deben mantenerse mientras sea necesario. Además de ser loables por sí mismos, estos actos contrastan con la falta de interés mostrada por Washington ante el evidente peligro que corren quienes trabajaron para medios de comunicación estadunidenses y que, por ello, podrían convertirse en blanco de agresiones por parte de partidarios de la facción que ostenta el control en la nación centroasiática.
El abandono de quienes pusieron en riesgo su integridad física para colaborar con la prensa occidental es uno más de los episodios vergonzosos que han marcado la retirada estadunidense de Afganistán, pero además exhibe cuán hipócritas pueden llegar a ser los reclamos de Washington –y de las organizaciones civiles a las que financia– por el entorno de libertad de expresión y protección a los comunicadores en México. Destacar este doble rasero no implica negar los graves problemas en materia de ataques contra periodistas que padece nuestro país, pero sí indica la pertinencia de poner en contexto los señalamientos provenientes de Estados Unidos y sus cajas de resonancia locales. (La Jornada, Editorial, p.2)
La salida de Kabul se ha convertido en el mayor puente aéreo de la historia, sólo superado por el realizado por Estados Unidos y Gran Bretaña para aprovisionar Berlín occidental en 1948, cuando la Unión Soviética, literalmente, bloqueó esa ciudad para tratar de integrarla con la parte oriental que controlaba.
Ha habido muchos otros en la historia, como el de la caída de Saigón, la salida de los belgas del Congo con la independencia de ese país o la de los portugueses de Angola, pero ninguno se ha realizado en una situación como las que han impuesto los talibanes con su inesperada, por lo rápida, toma de la capital de Afganistán.
Nadie que haya colaborado con Estados Unidos y los países aliados que intervinieron en Afganistán hace veinte años y que haya participado del intento de modernización, en un lugar notable las mujeres, reprimidas, sojuzgadas y discriminadas por el Talibán, desea permanecer en el país: saben que su destino está marcado.
Son, por lo menos, cien mil personas las que deben salir y muchas más las que desean hacerlo. El puente aéreo es notable, pero las puertas se cerrarán el 31 de agosto y la burocracia migratoria de Estados Unidos tiene a muchos de quienes fueron sus colaboradores, literalmente, en ascuas.
En México vivimos un momento de terrible polarización política, de enfrentamientos y posiciones confrontadas, pero tendrían que existir temas en lo que ese clima político no debería influir. Uno de ellos es la histórica política de refugio y asilo que ha tenido nuestro país con perseguidos de buena parte del mundo. En todo el siglo XX, y lo que va del XXI, la política de refugio y asilo de México ha sido generosa y notable, desde los republicanos de la guerra civil española hasta las dictaduras sudamericanas de los años 70, las guerras civiles de Nicaragua, El Salvador, Guatemala y muchos más.
Ayer se divulgaba en el New York Times cómo el gobierno mexicano, a través del canciller Marcelo Ebrard, había logrado sacar de Kabul a un grupo de periodistas afganos que habían trabajado con ese medio durante años y que no terminaban de obtener permisos para viajar a la Unión Americana. A ellos se unieron reporteros afganos que trabajaron con el Wall Street Journal y se extendió la invitación a los del Washington Post.
Fue un antiguo corresponsal del NYT en México, que había estado cubriendo también Kabul en el pasado, el que una madrugada se puso en contacto con Ebrard para pedirle auxilio. El canciller lo consultó con el presidente López Obrador y en horas se pudo destrabar la trama burocrática que implicaban los permisos que permitieron a esos periodistas salir en algunos de los vuelos del puente aéreo con destino a Qatar y desde allí a México. Quién sabe si se quedarán temporal o definitivamente en nuestro país, la mayoría está tramitando sus permisos para vivir en Estados Unidos, pero ello demorará, por lo menos, un año. Durante ese periodo, o el que sea necesario, México será tierra de refugio, como lo es también del equipo femenino de robótica de Afganistán, cuyas integrantes están ya en nuestro país.
Los periodistas o las jóvenes ingenieras en robótica hubieran tenido un destino negro de quedarse en Afganistán. La decisión adoptada seguramente les ha salvado la vida.
Se podrá argumentar que no les damos la misma bienvenida a miles de migrantes de otros países que llegan a nuestro país. Es verdad, pero también lo es que la migración económica y la política tienen características diferentes. Pero, incluso así, son miles las mujeres, hombres y niños de diferentes orígenes, pero sobre todo centroamericanos, que residen en México, muchos de ellos en su paso a Estados Unidos.
Con un punto que no es menor: muchos de ellos podrían vivir y trabajar en México en forma permanente, pero su deseo es residir en la Unión Americana, y ese proceso tarda, en la mayoría de esos casos, demasiado tiempo y puede prolongarse a veces en forma indefinida. Esos miles son los que esperan una respuesta, en condiciones precarias, en las ciudades de la frontera norte y sur.
Lo de Afganistán, obviamente, es diferente y tampoco estamos hablando de una llegada masiva de refugiados de ese país. Periodistas y mujeres son los que han llegado y se han recibido solicitudes que son analizadas caso por caso, con la premura que la situación exige.
Pero la adoptada es una decisión digna que respeta una política que, afortunadamente y con todas las vicisitudes que hemos vivido, no se ha modificado en sus ejes centrales en más de un siglo. A veces, lamentablemente en muy pocas ocasiones, podemos agradecer que la política se pueda compatibilizar con el humanismo y la libertad. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p.12)
Siempre he entendido la labor de columnista como la de criticar lo que a mi juicio son los errores del gobierno, pero también aplaudir sus aciertos. Hoy toca lo segundo. Vaya cuadrangular que ha metido la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) al recibir a refugiados afganos, cuyas vidas corrían peligro ahora que los talibanes han llegado al poder en ese país.
Se trata de un gesto de gran humanismo que nos hace sentir orgullosos a los mexicanos.
Extraordinaria la imagen de cinco mujeres afganas especialistas en robótica siendo recibidas en el aeropuerto de la Ciudad de México por el canciller Marcelo Ebrard. Mujeres que, bajo el régimen talibán, no iban a poder ejercer su profesión ya que, según la ley islámica, este género tiene que quedarse en sus casas a cuidar a esposos e hijos. Aquí, en México, estas cinco profesionales podrán continuar con su legítima aspiración individual gracias a las visas humanitarias que el gobierno mexicano les ha expedido. Nuestro gobierno les ha salvado sus vidas o, para ser más precisos, la manera en que quieren vivir sus vidas. Fantástico.
Y luego leer el artículo de The New York Times donde narra cómo un periodista de este diario le preguntó al canciller Ebrard si México podría recibir colegas suyos como refugiados por el conflicto en Afganistán. Cómo Ebrard habló de inmediato con el presidente López Obrador y acordaron recibir a decenas de periodistas afganos (y sus familias) que habían colaborado con medios estadunidenses durante la ocupación del vecino del norte en aquel país asiático.
Mientras el gobierno de Biden se tardaba eternidades en expedir las visas por un absurdo proceso burocrático, el gobierno mexicano se movilizó y tramitó los documentos para que 24 familias salieran de Kabul y llegaran a territorio nacional. De esta forma, les salvaron las vidas a estas personas amenazadas por la llegada de los talibanes. Vergüenza les debería dar a los estadunidenses que no han podido evacuar a todos los afganos que los ayudaron en una ocupación militar que duró dos décadas.
A México han llegado estos periodistas (y sus familias) de medios como The New York Times y el Wall Street Journal, que han sido críticos del gobierno de López Obrador. No obstante, a la hora de la verdad, sin importar las diferencias de opinión, el gobierno mexicano decidió rescatarlos. Admirable gesto de tolerancia y humanismo.
En toda esta faena, Marcelo Ebrard ha recordado la tradición mexicana de otorgar refugio a perseguidos políticos. Lo hizo con los republicanos españoles después de la guerra civil en ese país y con los opositores a los regímenes militares sudamericanos. México abrió sus puertas y recibió una extraordinaria oleada de migrantes que a la postre fundaron instituciones como El Colegio de México y el CIDE. La nación mexicana se fortaleció con el influjo de estos extranjeros que huyeron de sus países por persecución política.
Lo mismo podría ocurrir con los afganos que recién han llegado a nuestro país. Esas mujeres valientes, echadas para adelante, expertas en un campo tan prometedor como la robótica. O los periodistas, que han de tener una experiencia impresionante para reportear desde territorios sumamente conflictivos. Ojalá se queden a vivir en México, echen raíces y eventualmente sus hijos se sientan orgullosos de pertenecer a un país que les salvó la vida a sus antecesores.
Hay que felicitar, en particular, a Marcelo Ebrard por sus buenos reflejos políticos. Ha quedado bien por muchos lados. Con Estados Unidos por ayudar a sacar a periodistas que laboraban en medios tan influyentes de ese país. Con esos periódicos que, independientemente de sus líneas editoriales, le quedarán muy agradecidos. Con el movimiento feminista mexicano por haber salvado las vidas de mujeres amenazadas por su género. Con la opinión pública nacional por un gesto de indiscutible generosidad humana.
Y no podemos dejar a un lado al presidente López Obrador. Contra su aversión a meterse en conflictos internacionales, aprobó que la SRE se involucrara en la recepción de estos refugiados de la guerra afgana. El mandatario mexicano se anota, así, un éxito en un momento de escasos resultados.
Bien, en suma, por nuestro gobierno. Aplausos. Y bienvenidos los afganos a estas tierras, tan lejanas, donde van a poder vivir con más libertad que en su país de origen. Hoy me echaré un tequila a su salud. (Leo Zuckermann, Excélsior, Nacional, p.13)
Así como lo fueron españoles, judíos, centroamericanos, sudamericanos y tantos otros, sean bienvenidos a estas tierras los colegas de Afganistán y sus familias. (La Jornada, Contraportada)
México tiene una larga tradición de ser un país de acogida, abre sus fronteras a ciudadanos del mundo que buscan un refugio. Ante la crisis que se vive en Afganistán y con el tiempo encima por el ultimátum que han dado los talibanes a los estadunidenses para salir del país, la Cancillería mexicana desde el primer momento expresó la posibilidad de procesar las primeras solicitudes de refugio, principalmente de mujeres y niñas.
La madrugada del miércoles llegaron a nuestro país 124 ciudadanos afganos, incluidos periodistas, al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Fueron recibidos por el canciller, Marcelo Ebrard, quien horas antes recibió a las primeras mujeres refugiadas, todas integrantes del equipo de robótica femenil de aquel país y que, como tantas mujeres, ven el retroceso en derechos que han ganado con el regreso del extremismo.
Afganistán no ha sido una zona de paz desde hace décadas, tan sólo en este año, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados, casi medio millón de personas se desplazaron dentro del país buscando una salida, un mejor lugar donde establecerse; de ellas, 8 de cada 10 eran mujeres y niñas, porque son ellas, como lo hemos explicado ya, quieres están en riesgo ante la pérdida de los derechos que han logrado en los últimos veinte años.
Nuestro país nunca ha sido omiso a estas circunstancias. A pesar de los conflictos migratorios y de la tensión que genera con Estados Unidos, entre enero y abril de este año, nuestro país recibió la solicitud de, al menos, 22 mil personas, la mayoría procedentes de Honduras, Guatemala, El Salvador, Cuba, Haití y Venezuela, según datos de la ONU. En marzo pasado registró 9 mil, su máximo de peticiones en un mes.
“Los países latinoamericanos se enfrentan a un nivel de desplazamiento sin precedentes. Sin embargo, han asumido el desafío con una generosidad y dedicación únicas para encontrar soluciones dignas para quienes se ven obligados a huir”, sentenció hace unas semanas Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. México es parte de ese grupo de naciones solidarias con los solicitantes que generalmente huyen de ambientes de precariedad y de extrema violencia.
Y esa política de acogida ha hecho que nuestro país sea capaz de maniobrar con precisión a pesar de las condiciones que urgen por inmediatez: “los funcionarios mexicanos, a diferencia de sus contrapartes en Estados Unidos, lograron vencer la burocracia de su sistema migratorio para proveer rápidamente los documentos que, a su vez, permitieron que los afganos volaran desde el asediado aeropuerto de Kabul con rumbo a Doha, Qatar. Los documentos prometían que los afganos recibirían protección humanitaria temporal en México mientras exploraban opciones a futuro en Estados Unidos u otros países…”, narró Ben Smith en su editorial de este miércoles en The New York Times.
Una manera de reconocer que México, con esa pericia diplomática, salvó la vida y dio una nueva esperanza a esas más de 120 personas que ya están en nuestro país. Sin duda éste es uno de los mejores rostros que podemos mostrarle al mundo. (Yuriria Sierra Excélsior, Nacional, p.16)
Abrirles a las mujeres afganas y a otros ciudadanos la puerta a nuestra nación gracias a una política humanitaria más que ideológica, hizo de México el primer país en moverse para ofrecer el traslado y agilizar los trámites en tiempo récord, y es que esa es una de las funciones primordiales de la diplomacia, como lo explica la subsecretaria de Relaciones Exteriores, Martha Delgado, en entrevista con este diario.
Se consiguió traer 130 ciudadanos de Afganistán a nuestro país, entre ellos un grupo de periodistas afganos y seis mujeres, cinco de ellas jóvenes estudiantes de robótica que gracias a la intervención mexicana podrán continuar sus estudios en algún otro lugar del mundo que ellas elijan.
Con el otorgamiento de visas humanitarias por 180 días, de carácter renovable y abierta al cambio de estatus migratorio que más les convenga, México afirma su decisión de apoyar a personas de otros países que se encuentran en situación de peligro, especialmente mujeres y niñas, lo que esta vez se hizo en condiciones muy especiales, pues se temía por represalias para ellas o sus familias por parte del régimen Talibán del cual están escapando.
Una vez aquí, nuestro país debe seguir las recomendaciones de la Unicef en el sentido de apoyar a quienes elijan continuar su vida en México, asistiéndoles en el difícil proceso de integrarse a nuestra cultura, pero procurando respetar sus raíces y creencias religiosas.
Y para quienes buscan cuestionar que se ayude a mujeres extranjeras antes que a las nacionales, la subsecretaria Delgado hace hincapié en que México solo está sirviendo de aval, pero prácticamente no invierte nada para brindarles refugio y manutención, ya que se emplean fondos de organizaciones internacionales, por lo que nuestra nación es solo mera intermediaria en el proceso.
Hay que aplaudir la medida, pero el gobierno no debe olvidar que dentro de las fronteras mexicanas hay migrantes que no la están pasando bien, que se están enfrentando a trabas burocráticas y permanecen largo tiempo a la espera de una resolución. El caso de migrantes haitianos en Chiapas es apenas un ejemplo.
Si bien con acciones como ésta de apertura a los refugiados de Afganistán, junto con la de ofrecer su mediación para resolver crisis políticas como la de Venezuela, México retoma poco a poco el papel protagónico que tuvo en el siglo pasado en el ámbito de las relaciones exteriores, no debe olvidar episodios recientes en política migratoria que han empañado su proverbial política a favor del refugio y la libertad, y el sentido humanitario que siempre ha presumido en la diplomacia internacional. (Editorial, El Universal, Opinión, p. 10)
Me da orgullo que el gobierno del presidente López Obrador ofrezca asilo a 130 personas de Afganistán que están huyendo de los talibanes. Me da especial gusto que la mayoría de esos beneficiados sean periodistas, colaboradores de medios de comunicación y sus familias. Su permanencia en ese país les hubiera garantizado la muerte a manos de esos extremistas radicales empoderados.
Darles asilo es una medida que favorece la libertad de expresión… a nivel internacional. Porque a nivel nacional, la actitud del presidente AMLO hacia la prensa es más bien hostil: las organizaciones dedicadas a analizar las condiciones de los medios de comunicación en el mundo consideran que México es uno de los peores países para ejercer el periodismo por la enorme cantidad de periodistas asesinados y por la creciente violencia verbal del mandatario contra la prensa que lo critica.
No es la primera vez que un presidente autoritario utiliza este truco para lavarse la cara de sus pecados internos. Rafael Correa, cuando presidente de Ecuador, fustigó incesantemente a la prensa crítica, pero a nivel mundial logró colgarse la medalla de defensor de la libertad de expresión cuando le otorgó asilo a Julian Assange, fundador de Wikileaks, perseguido por revelar los secretos de Estado de la Unión Americana.
Cuando Edward Snowden también fue perseguido por lo mismo, ¿a qué países acudió? A la Venezuela de Maduro, la Cuba de Castro, la Nicaragua de Ortega, la Bolivia de Evo. ¿Dónde terminó asilado? En la Rusia de Vladimir Putin. El cuadro de honor de los represores de la prensa independiente.
Así pues, cuando es internacionalmente considerado como un acosador de la prensa crítica, le viene muy bien al presidente AMLO la operación de su canciller Ebrard para asilar periodistas afganos. Le es útil para lavarse la cara y esconder la realidad doméstica: Andrés Manuel López Obrador es una amenaza para la libertad de expresión. Lo demuestra cada mañana en sus conferencias de Palacio y confunde el derecho de réplica con un incesante apetito por insultar y descalificar a medios, reporteros y opinadores, y encabezar un acoso que no descansa. No es un presidente que conteste las denuncias, rebata los datos con realidades o presente una sola prueba de sus dichos para descalificar a la prensa crítica. Eso sería ejercer el derecho de réplica. Lo que hace López Obrador es mancillar la libertad. Y eso conduce a peligrosos y violentos caminos, más aún en un país con los niveles de impunidad que tiene México.
Así que ese dulce gesto de abrir las puertas y salvar vidas de un centenar de periodistas y sus familias tiene el agrio sabor de quien no es capaz de crear en su propia casa las condiciones para ejercer una de las libertades básicas de la democracia.
SACIAMORBOS
Donde no hay lava-cara posible es en la pandemia. Con la cifra maquillada de 254 mil muertos por Covid somos el cuarto peor país del mundo. No se atreven a poner la cifra real (más bien rondando el medio millón, deja apuntado el dato de “exceso de mortalidad” del INEGI) porque el líder se vería aún peor frente al mundo. (Carlos Loret de Mola, El Universal, Nación, p. 2)
La decisión de aceptar refugiados afganos es un claro y correcto intento del gobierno mexicano por marcar puntos con Estados Unidos, su poderoso vecino y principal socio comercial.
La recepción de refugiados por cuestiones humanitarias, y en este caso como casa, quizá temporal antes de su paso a EEUU, incluye a empleados afganos de periódicos estadounidenses como The New York Times, The Washington Post (y de acuerdo con una versión,The Wall Street Journal está a la espera) usualmente críticos del gobierno mexicano.
Ciertamente no se debe esperar que haya un cambio de línea editorial, pero anotarse puntos positivos con influyentes medios y, por tanto, con su gobierno no sólo es importante, sino parte de una relación complicada y hasta contradictoria.
Por un lado, hay quienes dicen que Estados Unidos, su gobierno y sus políticos están molestos por la retórica presuntamente izquierdista del gobierno mexicano, incluso sus posturas energéticas, el rechazo a la Organización de Estados Americanos (OEA) y su apoyo a Cuba.
Por otro, en Estados Unidos hay quienes recuerdan que el senador Marco Rubio, quizá el republicano más influyente en la política latinoamericana del país, considera que las tendencias del Presidente mexicano no son preocupantes, mientras recuerde que para tener éxito debe tener en cuenta los intereses estadounidenses. Ese parecería ser el caso.
El hecho es que la recepción de refugiados afganos compensa, aunque no elimina, la retórica de un sector político estadounidense, especialmente republicano, empeñado en mostrar a México como el origen de una buena parte de los males que aquejan a la sociedad estadounidense, en especial drogas y su obsesión recurrente: que los cárteles mexicanos del narcotráfico facilitan el paso a territorio estadounidense de terroristas enviados por grupos extremistas islámicos.
Cierto que EEUU es un país paranoico y uno de sus lemas podría ser que “hasta los paranoicos tienen enemigos reales”, pero desde que esas teorías ganaron terreno a partir de las tesis de “infiltración” más provocativas y hasta ahora infundadas que hace más de 20 años presentó el entonces Servicio de Inmigración y Naturalización (INS), no había sido más que un argumento para justificar peticiones de aumento en presupuesto y personal.
Donald Trump hizo de los peligros exportados desde México, sea migrantes o droga, un tema de campaña electoral.
Algunos de sus argumentos fueron dirigidos a vincularse con grupos racistas o ultranacionalistas ahora importantes en el Partido Republicano y adoptados con entusiasmo por medios como la organización FOX.
Que las denuncias sean más retóricas que reales y sus orígenes sean sospechosos no les quitan resonancia. Por eso es importante que haya gestos, así sean periódicos, que recuerden que hay buena voluntad y que las dos naciones están en el mismo barco, así tengan desacuerdos permanentes.
(José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 31)
En medio de escenarios tan cambiantes hay situaciones que deben de atenderse en lo inmediato. No se pueden dejar pasar, porque si no se atacan las consecuencias pueden ser mayúsculas.
Afganistán es un asunto en el cual el mundo está involucrado. Llegará el tiempo en que cada quien tenga que asumir sus responsabilidades, particularmente EU, pero mientras se tiene que atender lo que pasa y como parte de la comunidad internacional asumir responsabilidades ayudando en la medida de las posibilidades.
Son escenarios en donde se tiene que actuar lo más pronto posible, porque no hacerlo puede significar violaciones a los derechos humanos, tortura, vejaciones y la pérdida de vidas. Afganistán está en medio de una transición en que no queda claro hacia dónde puede llegar.
La información es confusa y hay evidencias de que puede entrar en un callejón sin salida marcado por radicalismos y quizá por un espíritu de venganza de los talibanes.
La rapidez con la que cambió el estado de las cosas muestra lo endeble que fue la política estadounidense a lo largo de dos décadas y también de cómo en Afganistán no se pusieron de acuerdo en lo político en la búsqueda de un régimen democrático y representativo de todas las tendencias que conforman la vida del país.
El gobierno mexicano ha reaccionado con prontitud en el caso. En medio de la confusión hay evidencias de que en el país empiezan a gestarse ataques en contra de ciudadanos que se distinguen por una visión crítica e independiente.
Es el caso de las mujeres y de un buen número de periodistas que, estos años, han desarrollado agendas propias con trabajos de investigación que merecen respeto, atención y que han trascendido en la vida cotidiana de Afganistán.
Si bien es encomiable la política del gobierno mexicano, no ha pasado por alto que su reacción ha llevado a cuestionarlo sobre la forma en que actúa en temas de esta naturaleza en el país, en el respeto y defensa de las mujeres, el ejercicio periodístico y los migrantes. En este último caso, porque desde hace varios días se han presentado protestas en Tapachula donde se le ha exigido al gobierno mexicano que atienda las demandas de cientos de migrantes.
Las referencias no pretenden caer en un maniqueísmo o una crítica a las decisiones de política exterior que se están tomando sobre la situación en Afganistán. Más bien debieran llevar a no perder de vista lo que está pasando en el país.
Las razones que se tienen respecto a ofrecer el asilo son comunes a problemas que tenemos en que no se han encontrado soluciones y en donde se tiene que reconocer que los escenarios se han agudizado.
No se trata de no dejar de hacer las cosas, se trata de caminar desarrollando estrategias con perspectivas comunes, muchas de las tareas y deberes respecto a estos temas se han dejado de hacer.
Los migrantes en el sureste reclaman por qué México se afana en el tema Afganistán, mientras que no los atienden y en muchos casos pasivamente se recibe a migrantes deportados desde EU. El espíritu de Trump reapareció con la decisión de un juez de poner en marcha de nuevo el “Quédate en México”.
No han parado los feminicidios, la violencia contra las mujeres, las agresiones y asesinatos a periodistas y el gobierno sigue con una tendencia de pasividad en el tema migrante. No se trata de no hacer, se trata de entender que es un paquete completo y que para que se fortalezcan y consoliden decisiones oportunas y eficaces como ante Afganistán es prioritario mirarse en el espejo, es una oportunidad y la posibilidad de no dejar de vernos. (Javier Solórzano, La Razón, La Dos, p. 2)
Nada se le puede regatear al Gobierno mexicano y, en específico al canciller Marcelo Ebrard, en su decisión de rescatar a 120 ciudadanos afganos, entre ellos periodistas de los diarios The New York Times, The Washington Post y The Wall Street Journal.
Se trató de un rescate humanitario motivado por el inminente riesgo de muerte que pesaba sobre los periodistas y sus familias por el hecho de hablar inglés y trabajar en medios estadounidenses.
La decisión del Gobierno mexicano recordó los mejores momentos de la diplomacia nacional, en la que el país abrió sus puertas lo mismo que a los españoles perseguidos por Franco que a los chilenos perseguidos por Pinochet o a los argentinos que huían de la dictadura militar.
The New York Times reportó la historia en la que cuestionó al Gobierno estadounidense por la tardanza en los trámites migratorios para evacuar a sus colaboradores y elogió al Gobierno mexicano por la rapidez con la que se actuó para llevar a los afganos a Doha y de allí volar hacia México.
Lamentablemente, la acción humanitaria se ve opacada ante hechos cotidianos locales que permiten fincar una diferencia de trato en temas de migración.
El canciller Ebrard aseguró que el tema de los ciudadanos afganos que huyen del Talibán se trata de asilo en razón del riesgo que corre su vida y que en el caso de los migrantes centroamericanos, detenidos en las fronteras norte y sur del país, se trata de migración “por motivos económicos’’.
Tal generalización le acarreará críticas al canciller y a su jefe porque ciertamente la migración por motivos económicos se está convirtiendo en un asunto de vida o muerte para miles de centroamericanos. (Adrián Trejo, 24 Horas, p. 3)
Afganos en México
Entre turbulencias de la diplomacia cultural vinculadas al jaloneo entre grupos de la 4T, el canciller Marcelo Ebrard ha tenido días complicados.
Ayer sin embargo cosechó reconocimientos dentro y fuera del país por el exitoso operativo de traslado de ciudadanos afganos en peligro ante la irrupción del Talibán en Kabul.
México decidió, acorde a la tradición de refugio del país, apoyar las solicitudes de carácter humanitario de ciudadanos de Afganistán, en particular de un grupo de periodistas y sus familias, que pidieron auxilio para salir de ese país y rehacer sus vidas en otras latitudes.
Antes de los periodistas se había recibido a un grupo de jóvenes mujeres especialistas en robótica.
Fue una reacción rápida, acertada y eficiente. (La Crónica de Hoy, Nacional, p. 9)
Sube
Ante la crisis humanitaria que se vive en Afganistán, la Secretaría de Relaciones Exteriores ha decidido dar refugio en México a 124 afganos, entre ellos menores de edad. (La Crónica de Hoy, La Dos, p. 2)
Sin importar su gobierno, México tiene una larga y verificable costumbre de recibir a ciudadanos que huyen de sus países. La historia nos permite ver que sea cubanos, españoles o afganos, en México se les brinda seguridad, respeto y la paz que en sus países no tienen. Es así como 124 refugiados de Afganistán, la mayoría periodistas acompañados de sus familias, hoy son testigos de los brazos abiertos para quien huye de injusticias y violencia. (La Prensa, p. 2)
Nuevo catecismo, nueva nomenclatura
La “austeridad republicana” se ha traducido en el desmantelamiento de instituciones, de guarderías infantiles, del seguro popular, de los fideicomisos. Los recortes draconianos que se han impuesto son donativos voluntarios; no es despido de personal, sino la aplicación de medidas de austeridad.
Los insultos y amenazas que desde la tribuna presidencial se lanzan a las voces disonantes y a los críticos se llaman “diálogo circular”. La deportación de los migrantes es llamada “retorno asistido.”
La reelección del presidente de la Suprema Corte es “ampliación del mandato”. La democracia es el poder del pueblo y quien encarna al pueblo es el presidente de la República. Una norma secundaria puede contradecir a la Constitución, si es justa según lo defina el líder; superioridad moral son David León, Félix Salgado Macedonio, Manuel Bartlett y Benjamín Saúl Huerta, entre otros. (Alfonso Zárate, El Universal, Opinión, p. 11)
Por inversiones e inversionistas no hay crisis.
En plenas crisis económica y sanitaria, y pese al amago de una tercera oleada de contagios y muerte, la aviación ha pasado de una crisis generalizada a proyecciones de éxito.
Eso incluye revivir, con sus nombres originales u otros, a empresas por ahora virtualmente desaparecidas como Mexicana de Aviación e Interjet.
Hoy solamente hay una compañía conocida por su salud financiera, Volaris, porque ha privilegiado el servicio al público sobre la administración.
Es decir, prefiere desembolsar en cuanto repercute en los usuarios en lugar de asignar altos salarios al personal de oficinas.
Esto afecta, claro, percepciones de ejecutivos, pilotos, sobrecargos, supervisores y quienes atienden en mostradores, salida y aterrizaje de vuelos.
Bien guiada por Pedro Aspe, ex secretario de Hacienda, tiene todos sus pagos en regla ante el SAT de Raquel Buenrostro; ASA, Oscar Aguello; el Seneam de Víctor Manuel Hernández y demás.
Le sigue en salud financiera Viva Aerobus de Roberto Alcántara, aunque con algunas deudas pendientes de actualizar. (José Ureña, 24 Horas, p. 4)

(Alarcón, El Heraldo de México, La Dos, p. 2)