Al fondo
Lo que la Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas no debe tolerar es la menor violación a los derechos humanos del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional, como lo denunciado esta semana en Sinaloa, cuando un soldado presuntamente azuzaba a la tropa para que asesinara a un joven confundido con un delincuente, o como los soldados que dispararon contra migrantes y mataron a seis e hirieron a doce hace tres semanas. Quien no tenga el temple para manejar armas adecuadamente, y la serenidad para no usarlas indebidamente, no debe estar en zonas de riesgo. (Juan Pablo Becerra-Acosta M, El Universal, Nación, A5)
Tras cuatro semanas en el poder, la Presidenta se enfrenta a una situación extremadamente compleja. No solo debe lidiar con la herencia de una crisis de violencia e inseguridad que le dejó la administración anterior, sino que, políticamente, su margen de maniobra parece limitado. Aunque es pronto para esperar resultados concretos, la ausencia de señales claras sobre metas y objetivos en materia de seguridad y justicia generan preocupación.
Lo que enfrenta el país hoy no es solo el resultado del desgobierno anterior, es consecuencia de años de ausencia de una política de Estado sólida en seguridad y justicia. Sin embargo, lo alarmante es que, a pesar de la urgencia de la situación, no se percibe voluntad política para convocar a la unidad, al diálogo y para sentar las bases de una estrategia que trascienda administraciones.
La violencia en México no se detiene, aumenta y se recrudece. En Culiacán, Sinaloa, después de siete semanas de conflicto entre grupos criminales, se han registrado 278 homicidios. En Chilpancingo, Guerrero, el asesinato y decapitación del alcalde Alejandro Arcos ha conmocionado a la opinión pública. Chiapas ha sido testigo del brutal asesinato del padre Marcelo Pérez, un defensor de los derechos indígenas, mientras que un coche bomba estalló en Acámbaro, Guanajuato, hiriendo a tres policías. Estas son solo algunas de las tragedias que forman parte de los 1,792 homicidios registrados desde que inició el actual gobierno, un 9.4% más que en octubre de 2023.
El panorama se complica aún más cuando se suma el abuso institucional, las ejecuciones extrajudiciales y las muertes de civiles a manos de las Fuerzas Armadas. En Chiapas, seis migrantes fueron asesinados por militares que los confundieron con criminales. En Colima, ocho personas fueron detenidas por marinos, de las cuales seis aparecieron torturadas y asesinadas, mientras que dos continúan desaparecidas. En Tamaulipas, los militares mataron a una enfermera en un fuego cruzado, a una niña de ocho años que perdió la vida tras ser baleada por elementos castrenses y un joven de 15 años que fue asesinado a quemarropa.
Esta situación es evidencia no solo de una crisis de seguridad, sino también de derechos humanos, un aspecto que la estrategia del nuevo gobierno no ha abordado. ¿Cómo se puede esperar que mejore la seguridad si no se establecen controles eficaces y mecanismos de rendición de cuentas para las instituciones encargadas de garantizarla, en particular de las Fuerzas Armadas?
Tampoco se han presentado medidas concretas para la prevención de delitos, la atención a las causas es importante, pero no previene ni la comisión de homicidios ni la comisión de muchos otros delitos. Es necesaria una política de prevención focalizada.
La insistencia de la Presidenta en la Reforma Judicial, que con argumentos sólidos ha sido criticada por expertos, es también preocupante. Lejos de resolver la crisis de violencia, esta reforma podría agravarla. La politización de los jueces no traerá ni más justicia ni menos corrupción. Si bien es necesaria una reforma profunda en el Poder Judicial, la aprobada parece estar diseñada más para satisfacer intereses políticos que para garantizar una justicia imparcial y efectiva.
Las primeras semanas de gobierno son la oportunidad para demostrar que se está siguiendo el camino correcto. Sin embargo, lo que hemos visto hasta ahora genera dudas fundadas sobre si existe la voluntad política para enfrentar la crisis con la seriedad que requiere.
Aunque pedir resultados concretos en apenas cuatro semanas sería irreal, lo que sí es razonable es exigir que la presidenta Claudia Sheinbaum dé señales claras de que comprende la magnitud del problema y que tiene una estrategia sólida para abordarlo. Hasta ahora, esas señales no han llegado. (Colaboró Asael Nuche) (María Elena Morera, El Universal, Opinión, A12)
La semana pasada comentamos el informe crítico de la situación turística nacional elaborado por el Sustainable Tourism Advanced Research Center, presidido por Francisco Madrid, y presentado por el Consejo Nacional Empresarial Turístico (CNET) a la nueva secretaria del ramo, Josefina Rodríguez.
En la semana, la nueva funcionaria federal fue exponiendo parte de su plan de trabajo, que incluye, en buena hora, reunirse con los protagonistas de la industria, incluidos los empresarios y los secretarios de Turismo de los estados de la República; todos olvidados por la pasada administración.
En una plática con ella, a la que tuvimos acceso, Rodríguez señaló que el eje de su encomienda será promover el turismo comunitario, ése que tiene muchas dificultades para ser visibilizado, así como consolidar los destinos naturales que se fueron generando el sexenio anterior con la construcción del Tren Maya, por ejemplo.
Muchos destinos, sobre todo los tradicionales, tienen una inercia de apoyo empresarial que se respetará, pero hay muchas otras zonas del país con potencial turístico, incluso con producto ya estructurado, pero que carece de los recursos y la ingeniería de promoción para atraer al gran público. Ése es el tipo de proyectos que se apoyarán prioritariamente.
Josefina Rodríguez habla incluso de destinos “sorpresa”, de los cuales no adelanta todavía nombres, con tremenda vocación turística, que están en la lista de lugares a desarrollar mediante una estrategia regional: Norte, Sur, Este, Oeste, que se anunciará en su momento.
Confirmó que no regresarán los tiempos del Consejo de Promoción Turística, ni los ingresos por concepto del Derecho de No Residente (DNR), que el sexenio pasado fueron etiquetados para las obras insignia del gobierno y que de menos ascienden a 16 mil millones de pesos.
Al respecto, sobre los limitados recursos con que contará en vista de la austeridad republicana a la está sometida su dependencia, ella habla de hacer todas las alianzas posibles entre todos los participantes del sector, públicos, privados y de la sociedad civil, como forma de trabajo en conjunto, en aras de un bien común. Confía en que sí se puede, con entusiasmo e imaginación.
Toma como ejemplo lo que ella mismo logró siendo secretaria de Turismo de Tlaxcala, entidad tradicionalmente relegada en muchos aspectos de la política nacional, con su campaña “Tlaxcala sí existe”, que le dio la vuelta al mundo y se reflejó en los flujos estatales de visitantes. “Si hubiera fracasado no estaría hoy en el puesto donde estoy”, dice confiada.
Una de las fortalezas que ella ve en su gestión es la disposición de la presidenta Claudia Sheinbaum para apoyar a la actividad turística usando para ello todos los instrumentos del Estado mexicano de manera coordinada y efectiva. Sectur sola no puede resolver temas de migración, aduanas, aeropuertos, de inseguridad, de tarifas, de visas y pasaportes, de carreteras, peajes, de infraestructura en zonas federales, etcétera. Se requiere que muchas dependencias se movilicen al unísono y sobre todo que no vean a la actividad turística como secundaria o prescindible, como tradicionalmente ha pasado en el país desde hace décadas, sin importar el color partidista en el poder.
Hay eventos ya programados que habrá de respetar y apoyar, como la promoción del país rumbo al Mundial de Futbol del año 2026, donde tendrá que pegarse a los otros dos países sede, Estados Unidos y Canadá, que también son nuestros principales emisores de turistas a México, por lo que serán prioritarios en la promoción nacional, más allá del evento futbolero. (Alejandro Jiménez, El Sol de México, República, p. 2)
Gane quien gane la próxima elección presidencial en Estados Unidos, los perdedores serán los inmigrantes. Hay un ambiente antiinmigrante como nunca lo había visto en mis cuatro décadas en el país. Y sea Kamala Harris o Donald Trump quien gane la Casa Blanca el martes 5 de noviembre, habrá más controles en la frontera con México, nuevas restricciones para vivir aquí legalmente y mucho miedo.
Este no es el Estados Unidos que ofrecía en la Estatua de la Libertad que le trajeran a los más vulnerables, a los pobres y a las masas que buscan un lugar seguro. Este es el Estados Unidos de Donald Trump y de sus insultos contra los extranjeros. Desde que bajó esas escaleras doradas en el 2015 y anunció su primera candidatura presidencial, Trump ha normalizado lo que antes era impensable; desde llamar “criminales”, “violadores” o “animales” a los inmigrantes hasta separar a miles de niños de sus padres.
Ahora, que busca por tercera vez la Presidencia, Trump ha intensificado sus ataques diciendo que los inmigrantes comen perros y gatos, y los ha culpado del aumento de la criminalidad (ambas cosas falsas). Además, ha prometido la mayor campaña de deportaciones en la historia de Estados Unidos.
Si esto ocurre, el nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum tendría la enorme tarea de defender a los inmigrantes indocumentados, en su mayoría mexicanos, y no cooperar con los planes de deportación de Trump. México no debe ser el patio trasero de Trump. Si él gana, sin duda, la vida será mucho más difícil para los inmigrantes y para su vecino.
Pero si Kamala gana, tampoco será fácil. El reporte de una comisión de la Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, asegura que más de ocho millones de inmigrantes han entrado ilegalmente al país durante la Presidencia de Joe Biden. Cierto o no, Kamala Harris sabe que ese es su punto débil en la campaña y ha endurecido su posición respecto a los inmigrantes. En los últimos meses el gobierno de Biden y Harris ha limitado enormemente el derecho al asilo y, así, ha reducido el número de cruces ilegales.
Y ahora ella dice constantemente que hay que retomar el control de la frontera sur y apoya un plan bipartidista que utilizaría 650 millones de dólares para construir un muro con México. Anteriormente ella siempre se había opuesto a la construcción de un muro, al que llamaba “estúpido” e “inútil”.
Mientras todo esto ocurre, miles de inmigrantes ya vienen llegando.
Tras el fraude electoral en Venezuela se ha incrementado el número de personas que cruzan la selva del Darién de Colombia hacia Panamá. Y como reportó recientemente desde ahí el corresponsal de Univision, Pedro Ultreras, su intención es llegar a Estados Unidos antes del 20 de enero del 2025, cuando tomará posesión Trump o Harris.
También, hace unos días, salió una nueva caravana desde Tapachula, Chiapas, con destino a Estados Unidos. El reporte de CNN asegura que incluía a “niños que eran cargados o empujados en carriolas”. ¿Quién hace algo así? ¿Quién cruza caminando medio continente con sus hijos a cuestas? Gente muy desesperada que ve en el norte la única oportunidad de una vida mejor. ¿Quién se atreve a decirles a los venezolanos y a los cubanos que no vengan a Estados Unidos y que se queden en una brutal dictadura, sometidos a la pobreza y a la represión? ¿Quién?
Gane quien gane la elección en Estados Unidos, las cosas van a empeorar para los recién llegados. Los inmigrantes son el enemigo perfecto en esta campaña electoral. Son muy vulnerables, lo dejaron todo en su país de origen y no se pueden defender de los ataques injustificados de los políticos que solo quieren ganar votos.
Pero van a seguir llegando.
El flujo normal de la migración es que la gente más golpeada por la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades se va a los países que les ofrecen seguridad, empleo y una vida digna. Y en nuestro continente ese flujo es de sur a norte. El cálculo es sencillo: ¿me quedo en un país gobernado por Nicolás Maduro o por Miguel Díaz-Canel, o mejor me la juego (con todo y mi familia) y me voy a donde gobierne Kamala Harris o Donald Trump?
La respuesta ya está en las huellas de los caminantes de la selva del Darién y en las carreteras de Chiapas. (Jorge Ramos Ávalo, Reforma, Opinión, p.8)
Se decía en los años 80 del siglo pasado que la dieta perfecta consistía en disciplinarse toda la semana laboral y portarse mal los sábados y domingos. Comer frutas, verduras y proteínas en razonables raciones de lunes a viernes. Llegados los días de descanso, esperaría la recompensa: sopes y pambazos del mercado sobre ruedas, papitas con limón y chile piquín, caguamas bien muertas y alguna cuba libre. Pura gula. El problema era si Fernando Valenzuela lanzaba, digamos, un martes hacia las siete de la tarde, hora del centro de México. Nadie resiste un partido de beisbol sin entrarle a la botana.
Eso (romper dietas) y mucho más logró la Fernandomanía, un hábito que tornó en voluntad. Gracias a Fernando Valenzuela, los Dodgers de Los Ángeles se convirtieron en el equipo de beisbol preferido de México. Sí, sí, está bien: los necios le van a los Yankees de Nueva York, ni modo. Hay aficionados heterodoxos al juego de pelota, inclinados por novenas como la de los Orioles de Baltimore (en su época, claro, el pitcher Jim Palmer agotó los adjetivos), pero Valenzuela se instaló, en 1980, en la urbe más mexicana allende nuestras fronteras. En ese entonces, todo ciudadano de nuestro país de este lado del río Bravo parecía tener parientes en Los Ángeles.
Quiso el destino cruel que la muerte a Fernando Valenzuela le llegara a una edad temprana, a los 63 años, justo en los días previos a la Serie Mundial 2024 de los Dodgers contra los sacalepuntas Yankees. Ambos no se citaban en un Clásico de Otoño precisamente desde 1981, cuando Valenzuela ganó el tercer juego e inspiró esas palabras que le salieron del corazón al Mago Septién, en la transmisión de Televisa: “Eres en el beisbol: oro, mezquita y basílica. Suena esto a mariachi, a jarabe, a copal, a cera, eres un jugador que tiene el pincel en la mano y la luz en el alma, nunca olvidaremos esto”.
Para la Serie Mundial de este año (que inició anoche), los Dodgers honran a Valenzuela con un parche en una de las mangas de la franela, distintivo que conservarán durante todo el año que entra. El parche trae el nombre de “Fernando” y, debajo, su número 34, retirado por el equipo angelino en agosto de 2023.
Aunque jugó en otras organizaciones de la Gran Carpa, la de los Dodgers siempre fue la casa del Toro de Etchohuaquila. En las últimas dos décadas fungió como comentarista del equipo en las transmisiones de radio en español. En ese contexto, algunos colegas (y amigos) lo entrevistaron en la zona de prensa del Dodger Stadium. Todos ellos fueron testigos del cariño de los aficionados ante la presencia del legendario pitcher. La Fernandomanía como luz inextinguible.
Hacia mediados de la década de los años 70, México cayó en una época de estancamiento económico. Iniciados los 80, la situación se agudizó. Luis Echeverría dijo de manera firme que el nuestro no sería un país de meseros. Y en muchos sentidos no lo fue. Los meseros se largaron a trabajar al otro lado de la frontera norte. En su turno, José López Portillo prometió defender el peso como un perro. El daño estaba hecho, pero eso no impidió a los funcionarios servirse con la cuchara grande.
Por absurdo que se escuche, la Fernandomanía palió la crisis. Nunca hay se subestimar los sentimientos de nadie. Un poco de felicidad jamás hace daño. Fernando Valenzuela sólo provocó alegrías.
Hacia 1987, para acabarla, se promulgó en Estados Unidos la Ley Simpson-Rodino, una reforma a las normas de migración con el objeto de “recuperar el control de las fronteras”. En corto, se persiguió a los indocumentados y se promovieron las deportaciones. Eso golpeó el estatus de los mexicanos en la Unión Americana. A su manera, la Fernandomanía también combatió esos proyectos racistas. (Fernando Islas, Excélsior, Nacional, p. 8)
Cartones

(Boligan, El Universal, Opinión, A12)

(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 8)