Los migrantes no somos criminales, “somos trabajadores internacionales”, cantaban los más de 200 migrantes que llegaron pasadas las 19 horas del 14 de diciembre a las instalaciones del Instituto Nacional de Migración (INM) en Polanco. El contingente llegó hasta ahí para sumarse a la manifestación, convocada por colectivos de la Ciudad de México, en memoria de las 56 personas migrantes fallecidas como consecuencia de la volcadura de un tráiler en Chiapas. Acompañados por al menos otras 200 personas solidarias residentes en México y de una batucada, el grupo decidió trasladarse, causando asombro entre los vecinos y trabajadores de Polanco, hacía las oficinas del mismo INM en las calles de Ejército Nacional. Ahí se encendieron veladoras, se pusieron ofrendas florales, se hizo un pase de lista y se guardó un minuto de silencio por los fallecidos. En su traslado otra significativa consigna era constantemente entonada: “Manchadas de rojo están las fronteras, porque ahí se mata a la clase obrera”.
México conoce bien a esa clase obrera internacional. Durante décadas, millones de mujeres y hombres mexicanos han cruzado la frontera hacia Estados Unidos (EU) en busca de mejores empleos e ingresos. Más recientemente, miles de personas de este país también han decidido ir a EU, con o sin documentos, ante el incremento de la violencia. Se calcula que 36 millones de migrantes mexicanos radican hoy en el país vecino, es decir 10 por ciento de la población total de aquella nación. Como se reportó en estas mismas páginas (https://bit.ly/3mopqIJ), las remesas de los migrantes mexicanos se han convertido en 2021 en la principal entrada de divisas del país, por encima incluso del turismo, los petrolíferos, las exportaciones agroalimentarias y la inversión extranjera.
El fenómeno migratorio no es particular de América. Se trata de uno mundial que se viene agravando en las décadas recientes. El proceso de globalización neoliberal que implicó la reorganización de la vida y del trabajo a escala internacional hizo que las migraciones masivas se volvieran necesarias para el proceso de producción.
La clase obrera internacional que sale de naciones y regiones subdesarrolladas por el saqueo y el despojo, se convierte en mano de obra barata para los centros imperiales; trabajadores sin derechos ni prestaciones, amenazados con ser denunciados y expulsados ante cualquier queja o protesta. Es por eso que las poblaciones de países de África, Medio Oriente, Europa del Este y de Centro y Sur de América buscan llegar a naciones como Alemania, Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita, Francia, Reino Unido, por mencionar algunas. Estos fenómenos de desplazamientos masivos del “ejército de reserva” de las periferias hacia los centros y del sur hacia el norte, ocurre también del campo a la ciudad, pues las megalópolis y zonas de desarrollo parecieran ser el modelo de reorganización territorial que impulsa el capital.
Al mismo tiempo, algunos países expulsores de migrantes de Centro y Sudamérica y también de África, tienen como común denominador la devastación socioambiental, como resultado del papel que se les impuso en el sistema de producción: la extracción de recursos y el suministro de materias primas. Igualmente, se caracterizan por tener un gran desarrollo de las economías criminales, no sólo del mercado de las drogas, sino también de la extracción ilegal de minerales, de tráfico ilegal de armas, de trata de personas, etcétera.
“Estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”, rezaba una pancarta en una movilización de migrantes en 2003, en España. La consigna resume bien el carácter histórico y la relación entre colonialismo, imperialismo y los fenómenos recientes de migración masiva.
Desde los sans papiers en Francia, hasta las caravanas en Centroamérica, la clase obrera internacional va encontrando obstáculos que tropiezan su tránsito. Al racismo institucionalizado y al nacionalismo exacerbado que deriva en xenofobia, la clase obrera internacional tiene que enfrentar en todo el mundo la militarización de las fronteras y la represión, así como las múltiples violencias del millonario negocio de la trata de personas.
Hoy que el gobierno de México acepta reproducir la política migratoria impuesta por los sectores más conservadores de EU, llegando al grado incluso de comenzar a exigir visa a personas provenientes de Ecuador, Brasil y Venezuela, vale la pena recordar nuestro pasado y presente como pueblos migrantes. Hoy que México hace de la “Guardia Nacional una especie de Border Patrol subrogada, internalizando la política migratoria de Estados Unidos” como escribió Luis Hernández Navarro (https:// bit.ly/33INTBX), es necesario que nuestros pueblos y organizaciones desplieguen toda su solidaridad con la clase obrera internacional y en contra del imperialismo. (Raúl Romero, La Jornada, Opinión, p. 13)
Nadie ha amado tanto a Tijuana, como Teresa de Calcuta.
A ella, le fascinó esta ciudad formada por migrantes de todas partes, incluso de México. Una pequeña ranchería que, a inicios del Siglo XX, mientras el país vivía una lamentable guerra entre hermanos, se gestaba a sí misma como esquina y destino futuro de la migración a Estados Unidos. Es el puente para ingresar, con o sin papeles a ese país.
María Teresa llegó invitada por el obispo Berlie. Escuchó muchas veces a los seminaristas y a los padres diocesanos: de ellos conoció la tragedia de la migración. En su infatigable hacer, iba a la penitenciaria, oraba por los desahuciados, convivía con la indigencia e iba a su sitio favorito: la colina donde se arremolinaban los migrantes esperando la noche para burlar a la migra y entrar a California.
Esa noche, la saludamos en un sitio cerca al seminario. Escuchó a Margarita, a quien el partido eligió para ir por la gubernatura. Hablaron largo y le pidió una bendición y apoyo. Ella quería gobernar para ir a proteger a los niños jornaleros de San Quintín, donde los tomates de exportación recibían mejores atenciones que los niños oaxaquitas con sus huaraches llenos de barro y sus mejillas enrojecidas, y rasgadas por el frío y la humedad del rocío matinal.
María Teresa la escuchó. Le conmovió oír de la desigualdad hacia los indocumentados y el desprecio que recibían de autoridades y vigilantes. La ausencia de los derechos humanos mínimos… Lloró por los que salen de sus hogares para no regresar.
Yo estaba a distancia, pero veía el asentir en esa pequeña mujer de estatura celestial. ¿Madre le inquirí –a qué hora descansa? -.
“No puedo parar de trabajar. Tendré mucho tiempo para descansar en la eternidad”.
Margarita se fue bendecida por la santa, quien años después llegaría a los altares. Ambas coincidieron en el camino eterno, con unos meses de diferencia. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, Orbe, p. 11)