Opinión Migración 290721

 Duda razonable // Los temores de Joseph Biden

 El gobierno de Joseph Biden publicó el miércoles lo que será su “mapa para un sistema migratorio justo, ordenado y humano”. Lo primero que me brincó es que en todo el documento la palabra México es solo utilizada una vez y únicamente para mencionar el número de migrantes que han sido devueltos al país en esta administración bajo nuevos protocolos.

 El documento de Biden es un fiel reflejo de lo limitado que está su gobierno políticamente para emprender un verdadero cambio en la manera en que se ha tratado la migración, gracias al sentimiento antinmigrante que Donald Trump hizo crecer en todo el país y no solo entre republicanos.

 Biden sabe que cualquier proyecto que implique profundidad y un cambio real es gasolina para sus adversarios políticos rumbo a las elecciones dentro de dos años. La migración se ha convertido en la principal arma del trumpismo que quiere renacer. Por eso es por lo que la mayor aparición del ex presidente fue en la frontera.

 Será por eso que la primera parte del “mapa” Biden tiene que ver con reforzar las operaciones en la frontera. Más dinero a la patrulla fronteriza, mayor eficiencia en las deportaciones, más tecnología para impedir el paso de migrantes y enfatizar el mensaje para desanimar a aquellos que quieren migrar sin documentos.

 La segunda parte del plan tiene que ver con hacer más eficiente el proceso de asilo, uno que en términos prácticos Donald Trump había destruido.

 La tercera parte se llama “reforzar la colaboración en la administración migratoria con aliados regionales”. Otra vez me parece curioso que en los siete apartados de esta parte del plan se hable de los países del triángulo del norte, que sin duda están en una crisis cada vez peor, pero no se mencione una vez a México.

 La cuarta parte es similar hablando de invertir para mejorar las condiciones de vida en Centroamérica (la inversión es más bien poca). Para luego pasar el resto de la responsabilidad al Congreso.

 Congreso que, sabemos, no moverá un dedo por el mismo miedo que tiene Biden para crear caminos hacia la legalización de millones de nuestros paisanos o de los dreamers. Si ese es el plan, esperamos nuevas crisis. (Carlos Puig, Milenio Diario, Al frente, p. 2)

 

 Desde afuera // Migrantes y covid-19

 Otra vez los inmigrantes a Estados Unidos, en especial los que llegan a través de la frontera con México, resultan los responsables de todos los males, incluso del incremento de casos de COVID-19.

 No es extraño. Para la inmensa mayoría de los gobiernos, y en este caso concreto los de Gregg Abbott, en Texas, y de Kim Reynolds, en Iowa, resulta más fácil echar culpas que aceptar responsabilidades.

Es más simple atribuir los males a un factor externo que a problemas internos, errores propios o falta de planeación. Es política de primer año.

Que tanto Abbott como Reynolds sean republicanos tampoco es una rara coincidencia.

 Reynolds señaló hace un par de días que una parte del problema del COVID-19 se encuentra en la frontera, en quienes llegan sin vacunación. En Iowa hubo un aumento de 250 por ciento en los contagios.

Abbott aseguró, desde marzo, que la política migratoria de Joe Biden llevaba a la liberación en Texas de indocumentados enfermos de COVID-19. Pero menos de la mitad de los texanos ha sido vacunado, a pesar de la disponibilidad del medicamento.

En ambos casos hubo renuencia a promover o a prolongar activamente mandatos como el uso de mascarillas o la vacunación, a los que se opusieron por considerarlos fuera de lugar.

En términos reales, los estados gobernados por republicanos, algo más de la mitad de Estados Unidos, son los que presentan más víctimas por coronavirus.

 Para Kay Ivey, gobernadora republicana de Alabama, el último incremento de contagios es culpa de aquellos que no se han vacunado y es tiempo de señalarlo. Pero los no inmunizados son la mayor parte de la población del estado.

En alguna medida, podría hablarse de una estrategia política más o menos tradicional, que ha sido parte de la política estadounidense, prácticamente desde su independencia, pero que, en los últimos años, ha sido realzada y usada formalmente en las propuestas electorales de Donald Trump y se simbolizan en la interrumpida construcción de un muro fronterizo.

En este caso, los republicanos usan además el tema migratorio para atacar a sus rivales demócratas y las que consideran contraproducentes políticas migratorias del gobierno Biden.

Al mismo tiempo, Abbott envía a la Policía texana a detener indocumentados que en su interpretación hayan violado leyes estatales. El propio gobernador de Texas inició una campaña pública para reunir fondos y reiniciar la construcción de la valla fronteriza con dinero privado. La gobernadora Reynolds se solidarizó con el simbólico envío a la frontera de un par de docenas de agentes de la Policía estatal de Iowa.

Así, el COVID-19 se une al arsenal de argumentos de los grupos antiinmigrantes que, sin duda, lo incluirán en las campañas políticas del Partido Republicano, tanto las estatales como las elecciones legislativas de 2022 y más allá, los comicios presidenciales de 2024. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, 25)

  

Uso de razón // Y ahora busca pleito con Biden

Era imposible que pasara desapercibida tanta agresividad del presidente López Obrador hacia Joe Biden, desde que era candidato hasta ahora.

 El problema es que las consecuencias no las paga él, sino los mexicanos.

 A partir del lunes de esta semana, cualquier agente de la Patrulla Fronteriza puede deportar, según su criterio, a un indocumentado, sin darle derecho a audiencia.

 Es la primera medida fuerte que toma la administración Biden hacia el vecino del sur, pero no la última.

 México dejó de tener la relación privilegiada con Estados Unidos, que tuvo durante casi 30 años.

 Luego de una actitud abyecta ante Donald Trump, como no la había tenido antes ningún otro presidente mexicano en muchas décadas, López Obrador desenvainó la espada de Bolívar contra Estados Unidos.

 El motivo, o el pretexto, fue Cuba.

 Como presidente, López Obrador no tuvo una sola palabra de reproche hacia Donald Trump cuando éste prohibió el envío de dinero (remesas) desde Estados Unidos a Cuba.

 Y ahora que los cubanos salieron a las calles a protestar por la falta de libertades, de medicinas, de comida, y fueron reprimidos violentamente por la policía del régimen, el presidente López Obrador cargó contra Estados Unidos y Biden.

 En su reciente discurso con motivo del aniversario 238 del natalicio de Simón Bolívar, López Obrador sintetizó su cercanía afectiva con todos los enemigos de nuestro principal socio comercial y eterno vecino.

 Sí, se puso del lado de la Venezuela de Maduro, de Cuba y de China.

 Desde el Castillo de Chapultepec (más simbolismo aún) lanzó un “ya basta de 200 años de intervenciones y bloqueos” de parte de Estados Unidos.

 Planteó, ante los ministros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), la desaparición de la OEA para crear otro organismo que integre a países latinoamericanos y del Caribe.

 En buen romance: una OEA sin Estados Unidos. Expulsar a nuestros socios del principal organismo continental.

 De la nada, sin motivo, soltó que “hay que hacer valer que no somos un protectorado, una colonia o su patio trasero”.

 Eso le hubiera dicho a Donald Trump, que mandó a México a todos los centroamericanos y caribeños solicitantes de asilo.

 López Obrador aceptó que nuestro país fuera el patio trasero donde se hacinan, en campamentos insalubres, extranjeros que van a Estados Unidos.

 Eso no lo permitió ninguno de los expresidentes de México a los que quiere juzgar.

 Hizo una apología de la dictadura cubana por su lucha contra el “bloqueo” de Estados Unidos, con lo que descartó a México como mediador para cualquier salida negociada de la crisis de libertades y de comida que se vive en la isla.

 ¿De veras piensa el presidente López Obrador que su declaración de enemistad hacia Biden no tendrá consecuencias?

 ¿En serio cree que esa manifestación de odio histórico, a destiempo y sin venir al caso, le sirve al bienestar de los mexicanos?

 Dijo López Obrador que no se pelea con Estados Unidos sólo porque ellos son más fuertes (Sansón).

 ¿Cómo está eso?

 ¿No que somos socios?

 ¿No que somos amigos?

 La sumisión del presidente López Obrador ante el mandatario más antimexicano de nuestra época lo llevó a la Casa Blanca, en plena campaña electoral, a darle las gracias a Trump por su “buen trato” hacia nuestro país.

 Trump y no Biden prohibió la transferencia de dinero desde Estados Unidos a Cuba.

 Trump y no Biden puso un muro negro (para concentrar calor y quemar las manos de quien lo quiera pasar) en la frontera y evitar el paso de los mexicanos, “violadores y traficantes”.

 Trump y no Biden le exigió a López Obrador que pusiera a las Fuerzas Armadas de México a patrullar la frontera sur y la frontera norte.

 Trump y no Biden amenazó con aranceles a las exportaciones mexicanas si AMLO no frenaba la migración ilegal, con acciones periódicamente verificables por el Departamento de Estado en visitas de inspección a México.

 Y López Obrador, luego de haberle aceptado todo lo anterior a Trump, participó en la campaña por su reelección y ahora busca pleito con el presidente Biden.

 Nos formamos en la fila de los enemigos de nuestro socio y aliado.

 De Estados Unidos, no de Cuba ni de Venezuela ni de China, llegan a México remesas por 50 mil millones de dólares al año. Casi el doble de toda la inversión extranjera directa que captó nuestro país el año pasado (29 mil millones de dólares).

 Se puede ser autónomo y soberano sin ser “lacayo” ni enemigo. Pero nuestro Presidente no conoce de matices.

 AMLO busca pleito ahora que sus malas decisiones económicas y políticas se reflejan en pobreza y, por tanto, en aumento de la migración ilegal.

 En junio de este año, las detenciones o expulsiones ipso facto de mexicanos indocumentados en la frontera creció 236 por ciento en relación con junio pasado.

 Y en mayo de este año, aumentaron en 372 por ciento respecto a mayo del año pasado.

 ¿Habrá alguna consideración especial hacia México, luego de la animadversión manifiesta de nuestro Presidente hacia Estados Unidos en la era Biden?

 Obviamente no existen alicientes para ello.

 López Obrador busca el pleito y las consecuencias las pagan los mexicanos más desprotegidos. (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, p. 46)

  

Parteaguas // What? La inflación de EU ya casi alcanza a la mexicana

Marcó allá un 5.4 por ciento y de este lado 5.8 por ciento al cierre de junio. La inflación estadounidense ya parece mexicana y lo más interesante está en las razones, una de ellas coquetea con la demencia.

 Puede el canciller Marcelo Ebrard abrazar a diario al mandatario argentino Alberto Fernández y juntos procurar la intención bolivariana de unir a Latinoamérica en una alianza migratoria. Pero cosa rara es la migración motivada por amores.

 Los mexicanos no migran al sur de América salvo porque lo solicite quien los contrató. La realidad dice que la meta de muchos es cruzar el Río Bravo hacia el norte. Del otro lado, los estadounidenses se aproximan a la conocida definición de locura usualmente atribuida a Einstein:

 “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”.

 Sus empresarias y los dueños de negocios lamentan la falta de meseros, cocineros y choferes, un problema que ya contagió a la inflación, mientras sus policías corren a apresar candidatos potenciales.

 “Menos de la mitad de los dueños de pequeños negocios pueden encontrar trabajadores”, advierte en su encabezado un artículo de la poderosa Cámara de Comercio de Estados Unidos, firmado este mes por Thaddeus Swanek y disponible aquí:https://bit.ly/2TGoKTP.

En lo que allá piden auxilio y Ebrard devora un alfajor, los texanos ya pasaron de las detenciones y confinamientos a los arrestos y encarcelamientos de inmigrantes ilegales mexicanos y centroamericanos.

 Políticamente funciona para funcionarios como el gobernador Greg Abbott eso de contener a miles de personas que añoran llenar esos puestos vacantes.

 Pero la economía no se detiene a ver resultados de elecciones.

 Los hoteles o restaurantes no pueden abrir al máximo o cierran definitivamente, debido a que no encuentran personal. Muchos estadounidenses prefieren quedarse en casa recibiendo 300 dólares semanales que les entrega el gobierno.

 Algunos temen salir a contagiarse en una pandemia que no acaba. El problema no es sólo para pequeños negocios, y ayer Mcdonald’s lo hizo evidente:

“Sigue siendo un entorno desafiante la contratación de personal, no sólo en los Estados Unidos, también lo estamos viendo en Europa, en donde es un desafío en parte debido a algunas de las limitaciones del movimiento de personas a través de las fronteras”, reconoció a analistas Chris Kempczinski, presidente de la más famosa cadena de restaurantes de hamburguesas.

 Los comercios aumentan salarios para atraer trabajadores, lo que deriva en la elevación de precios de los productos o servicios que ofrecen las empresas para las que trabajan.

 Esas carretadas de dinero provienen de préstamos solicitados por el gobierno estadounidense que desde la administración de Donald Trump ha repartido más de 2 billones (trillions) de dólares en beneficios para negocios y para la población para que los gasten literalmente.

 Pero ha ocurrido algo impensable: los estadounidenses –quizás la población más consumista del mundo–están ahorrando y ese dinero se queda estancado en cuentas bancarias en lugar de dispersarse en la economía.

 Una posible solución la tienen a mano, pero ayer el texano Abbott a nombre de muchos que añoran la era Trump, ordenó la intervención de la Guardia Nacional para arrestar inmigrantes.

 “Para responder a este desastre (migratorio) y asegurar el estado de derecho en nuestra frontera sur, se necesita más mano de obra”, demandó el Republicano. Habremos de ver el desenlace de esta historia. (Jonathan Ruiz, El Financiero, Empresas, p. 34)

Incompatibilidad de caracteres

La relación de México y Estados Unidos, que nunca es sencilla, está deteriorándose de manera visible. Fricciones económicas, políticas, sanitarias, de inseguridad y de medio ambiente surgidas en las últimas semanas comienzan a derivar en un clima enrarecido en el que, sin duda, México cargaría con las peores consecuencias, habida cuenta la enorme desigualdad que existe en la correlación de fuerzas entre ambos países.

Entre las tensiones económicas destacan las que derivan del nuevo tratado comercial que incluye restricciones más severas en materia automotriz y en general sobre industria maquiladora, además de acondicionamientos salariales y laborales más exigentes (con los que Washington intenta tranquilizar a sus propios sectores obreros, otrora afines a los políticos demócratas). Tampoco pueden desestimarse las presiones de algunos intereses empresariales estadunidenses, particularmente en el sector energético, afectados por la contrarreforma impulsada por la administración de Andrés Manuel López Obrador.

Más allá de la polémica que pueda despertar la intención del gobierno mexicano de otorgar al Estado mayor injerencia y control sobre estos temas, lo cierto es que muchos de los contratos firmados con compañías extranjeras en el sexenio anterior resultan verdaderamente leoninos y han obligado a un replanteamiento que provoca evidentes molestias en las empresas afectadas. Al margen del cabildeo de estos poderosos grupos sobre el Capitolio y la Casa Blanca, les favorece el hecho de que pueden hacer pasar por argumentos ambientalistas algunos de sus intereses. La inclinación del presidente Biden por las energías alternativas y su combate al calentamiento global contrastan con la proclividad del gobierno obradorista al uso de recursos fósiles. Un motivo de creciente desavenencia entre ambos gobiernos.

Por ahora la tensión más aguda deriva del tratamiento divergente sobre la pandemia. El cierre de la frontera dictada por el vecino del norte, que afecta a “viajes no esenciales”, trastorna la vida a ambos lados del muro y a pesar de los esfuerzos del gobierno mexicano, que está vacunando a 100 por ciento de los adultos en las ciudades limítrofes, Washington no se ha dado por satisfecho. Peor aún, existe el riesgo de que algún tipo de veto se extienda a zonas que dependen del turismo como el Caribe mexicano o Los Cabos.

Los temas de seguridad pública y combate al narcotráfico tampoco pasan por un buen momento; la DEA aún no se repone de la fricción que generó el caso del ex secretario de la Defensa detenido en Estados Unidos, acusado de tener vínculos con el crimen organizado. La protección que le otorgó el gobierno mexicano y las fuertes acusaciones contra la agencia estadunidense, tildada de intervencionista, generó una molestia que tardará en disiparse.

La inestabilidad política en Cuba abrió un frente inesperado en este inventario de desencuentros entre los dos países. Si bien es cierto que López Obrador ha intentado cultivar una relación neutral con los temas geopolíticos que interesan a los estadunidenses, bajo la consigna de que la mejor política exterior es la política interna, el caso cubano constituye un asunto que no podía ignorar. Tradicionalmente, incluso en gobiernos neoliberales, México ha sostenido respecto a la isla caribeña una actitud independiente, contraria a la política aislacionista promovida por Estados Unidos. El envío de combustibles anunciado en los últimos días puede ser interpretado por parte de los halcones del Departamento de Estado como un boicot a su estrategia. Una oficina que ya mostraba irritación por las declaraciones de AMLO hace unos días, sobre la necesidad de sustituir a la OEA por otra organización menos alineada a Washington.

No es tarea fácil explicar en los límites de este texto las razones por las cuales López Obrador llevó una relación tan cordial, incluso cálida, con Donald Trump y una tan distante con Joe Biden. En papel, debió haber sido todo lo contrario. Y no es fácil porque buena parte de esa explicación reside en temas atribuibles a la personalidad. Pese a sus contrastantes orígenes, Trump y AMLO parecían estar hermanados por la conciencia mutua de ser outsiders de la élite política, nacionalistas desconfiados del multilateralismo o la globalización, y una creencia ciega en el poder del voluntarismo personalista ejercido desde la presidencia. Sin confesárselo, al menos López Obrador, parecerían visualizar a Biden como un burócrata profesional. Por su parte Biden se ha guardado muy bien de expresar cualquier opinión sobre López Obrador, pero ha dejado en claro que prefiere no tener que ver directamente con él.

Nada de esto supone una crisis política o económica severa en la relación entre ambos países, desde luego. Es demasiada la interdependencia y la complejidad de vínculos entre las dos naciones y a tantos niveles, que la mayor parte de las inercias transcurren al margen de las fobias y filias que se profesen los políticos en turno y sus respectivas idiosincrasias. Sin embargo, tampoco pueden desestimarse los coletazos que puedan provocar estos desencuentros. Un endurecimiento en una mesa de negociación o el simple deseo de enviar un mensaje de advertencia, pueden traducirse en consecuencias trágicas para los exportadores de aguacate, para la industria transportista o maquiladora o para algún enclave turístico, por mencionar algunas áreas sensibles.

La vecindad entre dos países tan contrastantes y no obstante tan interdependientes provoca roces que son naturales e incluso necesarios para no ser barridos por las implicaciones que derivan de las diferencias de tamaño y poder. Muchos de estos frentes abiertos responden al legítimo derecho por parte de México para mantener su soberanía y defender intereses que son vitales para el país y sus ciudadanos. Pero habría que estar atentos al control de daños que esos roces provocan porque a algunos mexicanos les va vida y fortuna en ello. Y, sobre todo, evitar aquellas confrontaciones gratuitas que simplemente salen de las ganas de desahogarse del, en ocasiones, irritante vecino o atribuibles a lo que Fito Páez llamaría incompatibilidad de caracteres. (Jorge Zepeda Patterson, Milenio, Política, p. 12)