Opinión Migración 291125

Trump: sembrar tragedias

El miércoles pasado, un hombre disparó contra dos miembros de la Guardia Nacional estadunidense apostados en las cercanías de la Casa Blanca. Ambos resultaron heridos de gravedad y ayer falleció una de ellos, Sarah Backstrom, de 20 años. Después de que el atacante fuera arrestado, se dio a conocer que se trata de Rahmanullah Lakanwal, ciudadano afgano que trabajó en varias entidades del gobierno estadunidense mientras se encontraba en Afganistán, incluida la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Lakanwal formó parte de las Unidades Cero del ejército afgano, unidad respaldada por la CIA que cubrió la retirada de las tropas ocupantes durante la caótica evacuación efectuada en agosto de 2021, y llegó a Estados Unidos gracias a un programa de la administración Biden para poner a salvo del talibán a los locales que colaboraron con el régimen colonial.

En respuesta al atentado, el presidente Donald Trump anunció la “pausa permanente” (un oxímoron, ya que una pausa es una interrupción breve) de la migración de todas las personas provenientes del “Tercer Mundo”, así como una embestida xenófoba en la que se contempla desnaturalizar a los migrantes que “socaven la tranquilidad doméstica” y deportar a cualquier ciudadano extranjero “que sea una carga pública, un riesgo para la seguridad o no compatible con la civilización occidental”, definiendo “carga pública” como la recepción de asistencia social. Según Trump, en el país residen 53 millones de extranjeros, de quienes la mayoría representan una carga pública, ambas afirmaciones desmentidas por cifras oficiales: la cantidad de personas nacidas en el exterior se estima en 46 millones (de las cuales alrededor de 45 por ciento ya cuenta con la ciudadanía estadunidense) y las regulaciones migratorias limitan de forma severa su acceso a la asistencia. Por ejemplo, casi nueve de cada 10 beneficiarios de los famosos cupones de alimentos son ciudadanos nacidos en Estados Unidos.

Más allá de las mentiras del magnate y de la paradoja de que su programa de gobierno es una ofensiva frontal contra la “civilización occidental”, si por ella ha de entenderse el sistema de derechos humanos universales y el multilateralismo construido tras la Segunda Guerra Mundial, resulta revelador hasta qué punto él mismo, sus seguidores y las derechas tanto en las naciones ricas como en el mal llamado Tercer Mundo son incapaces de extraer las verdaderas enseñanzas del deplorable ataque ocurrido en la capital de la superpotencia. El hecho de que el agresor haya sido entrenado por la CIA para asistir a Washington en sus dos décadas de ocupación colonial de Afganistán, tal como en la década de 1980 los antecesores del talibán fueron financiados, armados y glorificados por la misma agencia para debilitar a la Unión Soviética, debería enseñar a todos los practicantes del imperialismo que la violencia sólo engendra más violencia y que las violaciones a la soberanía de otros países tarde o temprano se vuelven en su contra.

Lejos de reconocer estas lecciones que se le ofrecen a las puertas de su residencia, Trump porfía en la idea de escalar su cerco naval a una incursión terrestre contra Venezuela, con el pretexto inverosímil del combate al narcotráfico y con el apoyo de mandatarios latinoamericanos y caribeños entreguistas. La farsa de la “guerra contra las drogas” ha sido reseñada de manera exhaustiva en este espacio, y ayer mismo el magnate ratificó lo poco que le importa controlar el flujo de estupefacientes al anunciar un “indulto total y completo” al narcotraficante Juan Orlando Hernández, ex presidente hondureño condenado a 45 años de prisión por una corte de Nueva York. En esa nación centroamericana también aplica la fórmula que ya le dio resultados en Argentina: condicionar ayuda económica y humanitaria al triunfo electoral del candidato afín a su proyecto neofascista. En suma, repite las aventuras neocoloniales que ocasionan el surgimiento de movimientos extremistas, cobija criminales mientras viola leyes internacionales en nombre del combate al crimen, y cierra las puertas a la migración, al mismo tiempo que apoya a políticos oligárquicos que generan las condiciones de pobreza y exclusión que orillan a millones de personas a migrar. (Editorial, La Jornada, p. 2)

San Guivi ya no es lo mismo

El pavo parecía desinflado. Acaba de pasar Thanksgiving. Y esta vez, en lugar de agradecimiento, hubo mucho miedo y enojo en las mesas de las familias de inmigrantes en Estados Unidos. ¿Por qué el presidente Trump nos está tratando tan mal? ¿Qué le hicimos?, se preguntan muchos.

Thanksgiving es una de las fechas que más disfruto. No me fascina el pavo ni su relleno dulzoso. Pero es uno de esos días en que todos los que vivimos en Estados Unidos hacemos una pausa, sin ningún motivo religioso, y agradecemos lo que tenemos. No importa de dónde vengas ni cuánto dinero tienes.

Mi primer Thanksgiving fue en Los Ángeles con la familia de Pete Moraga. Él era mi jefe en una estación de televisión local y cuando se enteró de que iba a estar solo esa noche, me invitó a cenar a su casa. Su familia me abrazó como a uno de los suyos y entendí la fuerza que tiene el decir en público de qué damos gracias; es en parte confesión y en parte propósito.

Pero la historia de Thanksgiving que más me gusta -y que he contado varias veces- es la de una amiga que acababa de llegar a California de un pueblito en México y que no hablaba nada de inglés. Y al escuchar sobre esa fecha, ella hizo su propia interpretación religiosa y cultural, y transformó el Thanksgiving en San Guivi. Cuando le pregunté sobre ese nuevo santo, me dijo que ella creía que era el que regalaba pavos a los inmigrantes y a los más necesitados a finales de noviembre. Me encantó su explicación y desde entonces he adoptado a ese maravilloso santo.

 

Los inmigrantes en Estados Unidos siempre hemos tenido mucho que agradecerle a San Guivi. Pero no este año. Con la segunda llegada de Trump a la Casa Blanca lo que hemos visto son brutales redadas con agentes enmascarados y sin identificar, separación forzada de niños de sus padres, el arresto y deportación de personas que no tienen un récord criminal, y una persecución -con la bendición de la Corte Suprema- de todos aquellos que parezcan extranjeros o que hablen el inglés con acento.

Datos. El 50 por ciento de los inmigrantes (legales e indocumentados) sienten “miedo” y están “enojados” por las operaciones migratorias en Estados Unidos, según una reciente encuesta del diario The New York Times. El 41 por ciento teme que él o algún miembro de su familia pueda ser detenido o deportado, y el 49 por ciento se siente menos seguro desde que Trump regresó a la Casa Blanca. Las crueles e inhumanas políticas antiinmigrantes de Trump afectan particularmente a los latinos que somos el 41 por ciento de los 53 millones de extranjeros que vivimos en Estados Unidos.

A pesar de que siete de cada 10 inmigrantes volverían a tomar la misma decisión de emigrar a Estados Unidos, de acuerdo con la encuesta, muchos se han dado por vencidos y se han autodeportado. Desde que Trump regresó a la Presidencia, un millón 600 mil personas han dejado Estados Unidos voluntariamente y se han regresado a su país de origen, según datos oficiales. Estados Unidos ha dejado de ser el país de los que buscan una segunda oportunidad en la vida.

Hasta hace muy poco casi nadie hablaba de autodeportarse. Costaba tanto dinero y esfuerzo llegar a Estados Unidos que era impensable planear el retorno. Siempre existía alguna manera, aunque fuera a muy largo plazo, de legalizar tu situación migratoria. Y si no se lograba, al menos tus hijos podrían tener una vida mejor. Ya no. Trump, incluso, quiere quitarles la ciudadanía automática a los hijos de indocumentados nacidos en Estados Unidos. La Corte Suprema ya estudia la propuesta presidencial.

Muchos de los que se están autodeportando lo hacen para evitar ser separados de sus hijos, en caso de que arresten a uno de los padres. Otros están hartos de sentirse perseguidos sin haber cometido un crimen. Se acabaron las salidas a tiendas y restaurantes. Incluso ir a la lavandería es arriesgado. Y muchos más creen que las cosas no van a mejorar durante los próximos tres años. Por eso se están regresando a sus países de origen.

Hoy Estados Unidos es el país del miedo.

Rezarle a San Guivi tampoco es suficiente. Ya no es lo mismo que antes. Este Thanksgiving miles de inmigrantes la pasaron encerrados y asustados. El sueño americano se ha esfumado. (Jorge Ramos, Reforma, Opinión, p. 8)

Migrantes, fe y Thanksgiving unen a dos países

Hoy me encuentro en Estados Unidos, celebrando Thanksgiving con mi familia bicultural, bilingüe y binacional. Esta festividad, tan estadounidense en su origen, se ha convertido también en un momento profundamente significativo para millones de familias mexicanas que viven de este lado de la frontera.

Alrededor de la mesa damos gracias, compartimos nuestra historia, mezclamos tradiciones y, sobre todo, oramos por nuestro México. Es un instante en el que la memoria, la identidad y la fe se entrelazan de una manera especial.

A lo largo de los años he visto una constante: los migrantes no abandonan su fe al cruzar la frontera. Al contrario, en muchos casos la fortalecen. Algunos llegaron como católicos; otros, con el paso del tiempo, se han integrado a comunidades evangélicas. Algunos asisten a parroquias bilingües; otros participan en iglesias cristianas no denominacionales.

Pero casi todos coinciden en algo: no han dejado su fe cristiana, sino que la viven de manera más abierta y comunitaria, muy en sintonía con la cultura religiosa de Estados Unidos, donde católicos y evangélicos colaboran sin conflicto en obras sociales, retiros, encuentros juveniles y campañas de ayuda. Para nuestros migrantes, esta convivencia no representa una ruptura, sino una expansión natural de su identidad espiritual.

El despertar de la Generación Z en México y en EU

Y así como en México despertó la Generación Z, también aquí, en Estados Unidos, se habla de un despertar espiritual juvenil. Analistas, educadores y líderes religiosos mencionan que la Gen Z canta, ora y llena iglesias, incluso en escuelas públicas donde está prohibido hacerlo. Estos jóvenes buscan propósito en tiempos inciertos, reclaman comunidad en medio de la fragmentación y encuentran en la fe un ancla y una dirección.

Este despertar incluye, en grandes números, a jóvenes latinos —y especialmente a hijos de mexicanos— que crecieron entre dos culturas y ahora encuentran en la fe una identidad compartida, un espacio para pertenecer y una forma de expresar esperanza. En varias ciudades de Estados Unidos, los grupos juveniles que más crecen en iglesias cristianas —católicas, evangélicas y no denominacionales— están formados por jóvenes mexicoamericanos de segunda y tercera generación. Ellos, igual que sus pares en México, buscan algo más que respuestas políticas: buscan sentido, propósito y un futuro que valga la pena construir.

Mientras tanto, del otro lado de la frontera, vimos hace unos días a jóvenes mexicanos marchar con orden, esperanza y valentía. La Generación Zeta está diciendo lo que por años se pensó que no diría: “queremos vivir en un país seguro y justo; queremos que nos tomen en serio”. Es una generación que ya no acepta silencios impuestos y que exige que su voz cuente.

En México luchan; en Estados Unidos oran

Y mientras en México se escuchan estas voces juveniles, aquí en Estados Unidos, en muchas cenas de Thanksgiving, se escucha otra reflexión que se repite: “Allá también están luchando”. Jóvenes marchando; vecinos exigiendo justicia; transportistas que se unen en círculos de oración; comunidades que piden seguridad; madres que no encuentran respuestas; trabajadores que reclaman condiciones dignas.

Desde acá, los migrantes lo sienten con fuerza: ellos también oran por un México que los escuche, que los incluya y que les permita participar en su destino.

Aunque vivan fuera, los migrantes no se han ido de México. México vive en ellos. Está en su mesa, en su idioma, en sus canciones, en sus recuerdos y, más que nada, en su fe. Nunca dejan de mirar hacia su país. Nunca dejan de pensar en cómo ayudar. Nunca dejan de sentirlo como propio.

En este día de Thanksgiving muchos migrantes procuran no hablar de política; prefieren enfocarse en la familia, la gratitud y la esperanza. Sin embargo, todos saben que la fe que comparten no los llama a la pasividad, sino a la acción, al compromiso y al cambio. Desde estas mesas binacionales, los migrantes oran, se organizan y levantan la mirada por su México.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero inolvidable: antes de que yo haga el tradicional primer corte del pavo, mis nietos, Timoteo y Pablo, cierran los ojos y dicen en español e inglés: “Jesús, hoy muchos tienen miedo aquí y allá. Entra en nuestros corazones, perdona nuestras faltas y acompaña a todas las familias que migran. Cuida a México y a Estados Unidos, y enséñanos a hacer el bien con amor y justicia”.

México está en sus plegarias. Y también en sus manos. (Juan Hernández, El sol de México, Análisis, p. 13)