Opinión Migración 300821

Pepe Grillo

Otra crisis migrante

Medios nacionales e internacionales documentan desde ayer los episodios de violencia en las inmediaciones de Tapachula, Chiapas, donde se registró una insurrección de migrantes que rompieron el cerco y salieron del encierro.

 Mientras agentes de migración trataban con medios tan rudimentarios como peligrosos frenar a los migrantes, tirando patadas por ejemplo, el presidente reconoció que su gobierno seguirá haciendo el trabajo de contención para que no lleguen a Estados Unidos.

 La migración indocumentada hacia Norteamérica a través de México no tiene solución. Al menos no la tiene en el corto plazo. Para evitarla se tiene que revertir la historia de los países del área, marcados por la profunda desigualdad social y la violencia.

 Ayer el presidente tuvo una larga encerrona con los mandos de la 36 Zona Militar, más el titular de Migración, Francisco Garduño. Todos salieron con gestos adustos. Vienen días complicados. (La Crónica de Hoy, Nacional, p. 9)

 Rozones

Zacapelas en Tapachula

 Los que están teniendo otro tipo de recepción son los migrantes procedentes de Centroamérica y Sudamérica que este fin de semana iniciaron una caravana para tratar de llegar a Estados Unidos, entre reclamos por la dilación que achacan a las autoridades mexicanas de Gobernación en el procesamiento y atención de sus casos. Un video que ha generado polémica e indignación en las denominadas benditas redes es uno en el que se aprecia a personas que portan uniforme del Instituto Nacional de Migración, a cargo de Francisco Garduño, someter con violencia a un migrante que previamente se ve riñendo con otro agente de la misma dependencia. El momento específico que más inquieta se da cuando uno de los agentes con pantalón caqui y camisa blanca pisa la cara a un migrante que ha sido tirado al piso y luego falla en el intento por repetir la misma agresión. En esos instantes se escuchan gritos y llantos de niños. Lo peor es que el caso también ha generado comentarios con trasfondos de racismo y odio hacia los migrantes.

Afganos en México

El que sigue jalando el reflector es el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, luego de que ayer llegara a nuestro país un tercer grupo de nacionales afganos, conformado por 86 personas procedentes de Qatar y de Reino Unido, quienes previamente solicitaron protección humanitaria al país. El pasado 24 de agosto llegaron los dos primeros grupos entre los que se encontraban las mujeres que forman parte del “Afghan Dreamers Team” y trabajadores del diario The New York Times. Entre los que arribaron ayer también hay periodistas —quienes vienen con sus familias—que se desempeñaban laboralmente como colaboradores del periódico The Wall Street Journal, un medio muy destacado a nivel internacional, que, por cierto, en más de una ocasión ha sido criticado en las mañaneras de Palacio Nacional. En el caso de los afganos, México sigue mostrando su rostro humanitario. (La Razón, La dos, p. 2)

Sube y Baja

Sube

Guillermo Puente, embajador mexicano en Irán brinda explicación comprometida sobre lo que pasa en Afganistán y defiende tradición de asilo del país. A través de embajada tramitará “solicitudes de refugio”.

Baja

Rosario Piedra Ibarra, Presidenta de la CNDH permaneció silenciosa ante agresiones de la GN y el INM contra migrantes que caminaban en caravana por Chiapas con la intención de llegar a Estados Unidos. (La Crónica de Hoy, La dos, p. 2)

Estrictamente personal // La retención del Presidente

Los maestros de la coordinadora, la disidencia dentro del Sindicato Nacional de Maestros, le hicieron pasar tres días muy incómodos y molesto  al presidente Andrés Manuel López Obrador, y fueron inopinadamente la vitrina de otras carencias de las que adolece su gobierno. Quizá la más grave fue la proyectada en la imagen surrealista del Presidente retenido el viernes por más de dos horas y media por maestros en una situación inestable y volátil, mientras que a unas cuantas decenas de metros, su gabinete de seguridad no encontró nada mejor que seguir dando cifras sobre inseguridad.

Si fue un intento por minimizar la retención del Presidente, que estaba inerme, lograron lo contrario. Si se quedaron paralizados sin saber qué hacer, reflejan el nivel de subordinación ante un jefe que tiene cruzados los conceptos y que son incapaces de salvaguardar por su integridad.

En cualquier caso, transpiró la ingobernabilidad. La forma como el viernes las cuentas asociadas a la Presidencia en las redes sociales trataron de neutralizar el daño, fue enfocar el lado positivo de que eso había sido posible porque ya no existe el Estado Mayor Presidencial, que reprimía, como suelen decirlo.

El spin que intentaron no tuvo mayor efecto, y se fueron desmoronando rápidamente con los dichos del Presidente, que declaró que permaneció parado en su vehículo como protesta contra los maestros. La realidad es que no pudo avanzar, porque el grupo de amigos de la familia que trabajan en su ayudantía, no está preparado ni para cuidar de su seguridad ni para reaccionar para sacar al Presidente de un aprieto.

No pasó a mayores porque los maestros disidentes sólo querían que les cumplieran lo que les ofreció la Secretaría de Educación Pública y el gobierno de Chiapas: nuevas plazas y dinero.

López Obrador dijo que no sería rehén de ellos, en un reconocimiento implícito y subconsciente de que no es lo mismo estar en la oposición y aliarse contra el gobierno en turno, que ser gobierno y ser ligero en lo que ofrece. Las promesas sí se hicieron a la coordinadora, pero la Secretaría de Hacienda las detuvo por falta de dinero. La contradicción entre esos dichos y los hechos no fue lo único que quedó expuesto.

El gabinete de seguridad no actuó para proteger al Presidente y rescatarlo de la situación incómoda. No se necesitaba reprimir a nadie, ni sacar armas y masacrar, que es la caricatura que siempre utiliza el Presidente para decir que antes sí se hacía y ahora no. Se trataba de enviar fuerzas de seguridad para que, con la técnica y los protocolos que tienen, protegieran el vehículo en el que iba y le abrieran el paso.

Existe la posibilidad de que, envuelto por un enjambre de maestros, no fuera posible esa acción sin violencia, para lo cual hay otros recursos, como los gases lacrimógenos, los cuales se resisten a usar al máximo para que no los critiquen por usar la fuerza que prometieron jamás emplearían.

Les pareció mejor quedarse paralizados y fingir que no pasaba nada serio, arriesgando a que esa situación inestable se tornara violenta y pusiera en riesgo la integridad física del Presidente. ¿Qué habría sucedido en esa hipotética situación? El país y el mundo habrían visto a un gabinete de seguridad apanicado mientras atacaban unos cuantos metros al jefe del Estado mexicano. Entonces, si el Presidente puede ser tomado como rehén en cualquier momento y poner en riesgo su vida, ¿qué se espera del resto de las personas? Si ni con el Presidente en peligro actúan, quien realmente manda en este país es el que ejerza más violencia.

La fuerza militar, que no se usó para proteger al Presidente, no obstante, sí se empleó para que el Presidente cumpliera con lo que le exigieron en Washington, que contuviera a los inmigrantes. De ahí la otra contradicción. ¿Está bien que López Obrador esté en riesgo y lo dejen a su suerte y al ánimo de quienes lo retuvieron, porque la Guardia Nacional sólo se utilizó para golpear migrantes y frenar o tratarles de frenar su paso a Estados Unidos?

 Acatan las órdenes de la Casa Blanca, sin importar el derrotero del Presidente de México. ¿Para quién trabaja el gobierno de México? Sólo quien tiene jefes superiores está dispuesto a sacrificar a su jefe inmediato.

 Todo esto, sin embargo, se pudo haber evitado si los servicios de información del gobierno y las autoridades en Chiapas hubieran hecho su trabajo.

La justificación en las cuentas asociadas a la Presidencia, también buscando el spin positivo, era que lo que sucedió era una prueba de que ya no se espiaba. Es una sandez el argumento, pero fue utilizado como otro control de daños. Existen la inteligencia y el espionaje, en México y en todos lados.

La primera se alimenta de la información humana o de lo que recopila mediante herramientas tecnológicas, y la segunda, como en México, busca trapos sucios de opositores para utilizarlos o manipularlos a su conveniencia.

El trabajo de inteligencia debió haber aportado la información  sobre el descontento que había y proporcionarla al gobierno federal para que el chiapaneco, que también debió saber de la inconformidad, desactivara la retención del Presidente. Por lo que se vio, los reportes del Centro Nacional de Inteligencia no llegaron o no se procesaron en Palacio Nacional para activar los resortes y obligar al gobernador Rutilio Escandón a evitar una protesta de esa naturaleza. En cambio, dejaron con su inacción que el Presidente caminara hacia una trampa.

¿De qué tamaño tiene que ser un gobierno para mostrar su incompetencia? Del que vimos durante tres días en Chiapas, donde la disidencia magisterial se le cruzó al Presidente sin problema alguno para reclamarle lo mismo. Ni se tomaron medidas preventivas, ni se arregló políticamente la crisis. Fueron tres veces las que los maestros disidentes pararon el vehículo del Presidente. Lo que no sucedió, es porque no quisieron, porque tenían al Presidente a sus pies. (Raymundo Riva Palacio, El Financiero, Nacional, p. 38)

Quebradero

Resquicios

Se preveía una gira complicada por Chiapas para el Presidente. La CNTE y los migrantes se le aparecieron por doquier, fue una gira con tintes de una cucharada de su propio chocolate. (Javier Solórzano, La Razón, La dos, p. 2)

Uso de razón // Adónde está el orgullo, adónde está el coraje

La noticia pasó casi desapercibida: la Suprema Corte de Estados Unidos negó a Biden la suspensión del protocolo “Quédate en México”, por lo que el Departamento de Seguridad Nacional deberá obligar a los solicitantes de asilo a esperar su cita en suelo mexicano.

 ¿Perdón? ¿Sobre qué país está resolviendo la Corte de Estados Unidos? ¿Sobre el suyo, donde tiene competencia?

 No, sobre el nuestro. Sobre México.

 ¿Y por qué lo hace?

 Porque el gobierno mexicano se lo permite. Y acata.

 Es una vergüenza que nunca habíamos sufrido: la política migratoria del país no la decide el Presidente de México, sino unos ministros en Washington.

 La Suprema Corte de Estados Unidos ordenó que salvadoreños, hondureños, mauritanos, somalíes, etcétera, que soliciten asilo en Estados Unidos, deben esperar en un país llamado México.

 Y el encargado de hacer cumplir esa orden, de que los extranjeros que quieren asilarse en Estados Unidos esperen en México, es el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

 ¿Se entiende la dimensión del ninguneo a nuestro país?

 Dictan en Washington lo que debe hacer el gobierno de México con los extranjeros.

 El presidente López Obrador, en lugar de darse a respetar, comentó que “nosotros nos hemos propuesto ayudar a Estados Unidos, lo vamos a seguir haciendo en el tema migratorio”, y mantuvo la disposición “para que envíen a sus solicitantes de asilo para que esperen en México la conclusión a sus procesos en cortes federales (La Jornada, viernes 27)”.

 La única respuesta aceptable al mandato de la Corte de EU era un rechazo categórico, al más alto nivel. Ahí no hay nada que negociar.

 Cooperación, desde luego. Patio trasero para que esperen, no.

 Ayudar, claro que sí, con esfuerzos compartidos. Pero hacerlo por indicación de la Suprema Corte en Washington, es una indignidad que no habíamos vivido.

 Un no del Presidente de México habría clarificado las cosas. Incluso, con ese rechazo, Joe Biden podía decirle a la Corte de su país que no podría cumplir su instrucción porque México, país soberano, no lo aceptaba.

 El origen del problema está en que López Obrador ya le concedió ese derecho al entonces presidente Donald Trump, en enero de 2019.

 A partir de ahí, en Washington le tomaron la medida. Sin consultarle, la Corte de Estados Unidos decide lo que debe hacer el gobierno de la 4T.

 Jamás habíamos visto que en otro país se decidiera de forma tan ostensible sobre un tema de competencia soberana del gobierno mexicano.

 Sin siquiera esperar a que nos lo pidan y negociar, con la sola resolución de la Corte de Estados Unidos, va el sí, con mucho gusto.

 Quienes hoy gobiernan México antes criticaban que el país obtenía créditos del Fondo Monetario a cambio, decían, de compromisos ocultos con esos organismos internacionales.

 Ahora resulta que, con ellos en el poder, la Corte Suprema de Estados Unidos indica a quiénes debe recibir México en su territorio.

 Lo aceptó el presidente López Obrador una vez, hace dos años y medio. Y con eso le perdieron el respeto. Ni siquiera le consultan.

 Aquí han permanecido 71 mil extranjeros que quieren asilo en Estados Unidos, no en México.

 El presidente Biden se dio cuenta del agravio y al inicio de su gobierno desechó ese protocolo, conocido como “Quédate en México”. Estados Unidos recibió a 13 mil solicitantes y ahí, como debe ser, se tramitaba su calidad migratoria.

 Pero eso se acabó el miércoles de la semana anterior, cuando la Corte de EU resolvió que los extranjeros debían esperar en México.

 Ahí están, y seguirán llegando, miles de ciudadanos haitianos, ecuatorianos y guatemaltecos que se hacinan en campamentos insalubres en un país en el cual no quieren estar, y permanecen en México por una decisión de la Suprema Corte de… Estados Unidos.

 El trato que reciben en el México de la 4T es inhumano: “No tienen acceso a elementos de primera necesidad y se sabe que son perseguidos por el crimen organizado y, en ocasiones, por agentes de aplicación de la ley mexicanos que los someten a secuestros, violación sexual, agresiones, extorsión y otros abusos” (Human Rights Watch, 27 de agosto).

 La Guardia Nacional recibe a garrotazos a los migrantes que esperan en México. Y esperan aquí por decisión de la Corte en Washington.

 Inconcebible, pues, que un gobierno conceda tal autoridad al Poder Judicial de una nación extranjera.

 Dos preguntas finales:

 ¿El Presidente que admite ese ninguneo a su patria, es el mismo que llama “lacayos” a miembros y directivos de la OEA?

 ¿El Presidente que permite eso, es el mismo que quiere juzgar a sus antecesores por “traición a la patria”? (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, p. 36)

El espejo // Seguimos siendo el muro de Trump

El programa “Quédate en México” pasará a la historia como un infame episodio de la política exterior en que el gobierno mexicano aceptó convertirse de facto en tercer país seguro para que los migrantes solicitantes de asilo en Estados Unidos tuvieran que realizar su trámite sin tener que permanecer en ese país.

 Además, doblegado por la amenaza de Trump de dinamitar el tratado de libre comercio, México transformó su política migratoria para lanzar a los militares y la Guardia Nacional contra los migrantes en la frontera sur con una ferocidad vergonzosa.

Con la llegada de Joe Biden, la política de permanencia de solicitantes de asilo en nuestro país, formalmente denominada como Protocolo de Protección Migrante (MPP, por sus siglas en inglés), llegó a su fin.

 Esto no implicó que Estados Unidos abriría sus puertas de par en par para recibir migrantes, pero la señal que se envío hacia el exterior incentivó a muchos migrantes a creer que tendrían mejor suerte en su intento por cruzar la frontera. La cantidad de migrantes intentando cruzar la frontera de Estados Unidos llegó este verano a su punto más alto en las últimas dos décadas.

 La cancelación del MPP ayudó a aliviar una parte de la presión puesta por los casi 71 mil solicitantes de asilo que permanecieron en nuestro lado de la frontera, pero ya no había marcha atrás a la militarización de nuestra política migratoria.

 En más de un sentido, México sí construyó el muro y lo pagó, sólo que, en lugar de estar en el Río Bravo, se trasladó al sur, en donde la Guardia Nacional se convirtió en la Border Patrol para detener a los migrantes, mayormente centroamericanos, y someterlos a unas condiciones igual o peores a las que por años nuestros connacionales sufrieron en Estados Unidos.

 Además, el fantasma de haberse doblegado ante Trump nos sigue persiguiendo. El programa “Quédate en México” volverá a ponerse en marcha, aunque no porque Biden lo quiera, sino porque un juez federal así lo ha ordenado.

 La solidez jurídica de la sentencia del juez Matthew Kacsmaryk es bastante cuestionable, pues para justificar la petición del estado de Texas de reinstalar el MPP, ha invocado una ley federal de 1996 con una interpretación por demás dudosa, pero ahora no sólo se trata de una controversia jurídica, sino política.

 Esto debido a que el juez Kacsmaryk es uno de los múltiples jueces con visiones de extrema derecha que fueron designados por Trump, algo similar a la situación de dos de los tres jueces de la corte de apelación que confirmaron la sentencia y que, en el extremo, es la misma situación en la Corte Suprema, en donde la mayoría conservadora producto de las designaciones de Trump, ha confirmado que el MPP tiene que reinstalarse.

 El gobierno de Biden aún cuenta con múltiples recursos para enfrentarse a este revés, pero por el momento, estará obligado a cumplir la decisión. Nuestro gobierno ha dicho oficialmente, en voz de Roberto Velasco, que “no se posiciona con respecto a dicho fallo”, pero, claro, no hay mucho que decir: ese programa pudo existir porque nosotros decidimos complacer a Donald Trump. Hoy pagamos el precio. (Leonardo Núñez González, La Razón, Mundo, p. 22)

 Seguridad y defensa // III Informe: saldos pendientes en las tres seguridades

Zona zero

El tema de migración en la Casa Blanca bajo la responsabilidad de la vicepresidenta Kamala Harris ha entrado en una zona de tensión entre el enfoque menos conflictivo en los discursos del presidente Biden y el crecimiento de la represión en la frontera para rechazar el cruce de migrantes sin cumplir con las reglas migratorias. A Washington se le agotaron las iniciativas y es el momento de que México pueda imponer sus criterios de una estrategia migratoria integral en la zona del norte de Centroamérica. (Carlos Ramírez, 24 Horas, Estados, p. 12)

Desde el otro lado // El conservadurismo de la Corte

Los golpes seguidos le propinó la Suprema Corte de Estados Unidos al gobierno demócrata del presidente Biden y, de paso, a la comunidad mexicana en ambos lados de la frontera.

El primero fue la decisión de terminar con la moratoria que Biden había decretado para proteger a quienes alquilan una vivienda, en respuesta a la crisis económica que propició la pandemia.

Posponer el pago de rentas hasta octubre le daba un respiro a los arrendatarios –cuya mayoría pertenece al sector de bajos ingresos, muchos de ellos migrantes de origen mexicano– y la posibilidad de resarcir su deteriorada economía.

Los ministros conservadores de la Corte no quisieron verlo así y en su decisión prevaleció el criterio de proteger a los propietarios de inmuebles y a las agencias de bienes raíces que los administran. No hay que hilar muy delgado para entender que un buen número de quienes rentan esas viviendas en unos días tendrán que dormir en la calle.

En su segunda decisión, la Corte negó a Biden continuar con la política que permite a quienes solicitan asilo político esperar en territorio estadunidense y avaló la del gobierno de Trump, que estableció la espera en territorio mexicano. El gobierno de Biden ordenó agilizar los juicios mediante los que se definirá la situación migratoria de decenas de quienes han solicitado asilo, en apoyo de su propuesta. No estaría del todo equivocado pensar que la Corte suscribió las tesis de quienes se oponen a cualquier tipo de migración.

Es notorio que ambas decisiones de la Suprema Corte se emitieron fuera de su calendario regular y se consideraron urgentes, entre otras razones, por la presión que ejercieron los legisladores más conservadores en el Congreso. No sería extraño que la Corte emitiera un fallo fuera de su agenda contra la orden que Biden dio para que los trabajadores federales usen el cubrebocas de manera obligatoria. Con ello, apoyaría la negativa de los gobernadores ultraconservadores de Florida y Texas con el fin de revertir la orden de Biden en esos y en otros estados. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Opinión, p. 15)

Epicentro // Dos orgullosos mexicoamericanos

El saldo de México en los Juegos Olímpicos incluyó un escándalo con algunas jugadoras del equipo nacional de softbol, que descartaron sus uniformes en la Villa Olímpica antes de su vuelo de regreso. La polémica me pareció ridícula: un uniforme deportivo no es equivalente a la bandera nacional, mucho menos a la identidad nacional. Por desgracia, el caso despertó al viejo chovinismo mexicano. Expertos en linchamiento en redes sociales se lanzaron contra las atletas. Vale la pena reparar en uno de los insultos porque sirve para revelar un debate pendiente del ser mexicano. Muchas voces llamaron “pochas”, “gringas” y similares a las jugadoras de softbol, cuestionando no solo su valía como mexicanas sino incluso su identidad como mexicanas.

Esos adjetivos son moralmente repugnantes: la discriminación nunca es un argumento. Pero además ignoran la complejidad de la identidad mexicoamericana. En esta época de ánimo incluyente en el lenguaje, bien valdría la pena sopesar lo que supone ser mexicano y estadounidense. La convivencia de ambas identidades no admite reducciones absurdas y mucho menos descalificativos.

 Aunque hay referencias más cultas, quedémonos en el mundo del deporte.

En las últimas semanas, dos jóvenes jugadores de futbol de raíces mexicanas, pero con apego a Estados Unidos eligieron al equipo al que representarán en competencias internacionales. Uno, el portero David Ochoa, eligió jugar con México. Otro, el delantero Ricardo Pepi, escogió a Estados Unidos. Tenemos la suerte de que los dos explicaron sus razones.

Ochoa lo hizo con un elocuente y sentido testimonio en el sitio de Internet Player’s Tribune. Se llama “Mi camino a México”, y es lectura obligada. Ochoa explica que su “camino” no tiene sentido si no se comprende lo que implica haber nacido en Oxnard, una ciudad del sur de California con una vibrante comunidad mexicana, mucha de ella dedicada al trabajo agrícola. “Cuando creces con padres mexicanos en Oxnard, no vives realmente en Estados Unidos. Estás en México”, escribe Ochoa.

“En la iglesia, los sermones eran en español. Cantábamos el feliz cumpleaños en español, íbamos a comer tacos. En la calle, con mis amigos desarrollamos nuestro propio lenguaje, que básicamente era espanglish. Era un típico barrio latino”. El sueño de Ochoa era entrenar con Chivas, el equipo favorito de la familia entera. Lo logró a los quince años.

 Ochoa fue muy infeliz. “Era muy duro estar con los niños mexicanos en Chivas. Tenía pasaporte mexicano, parecía mexicano, pero como había venido de los Estados Unidos, yo siempre era el gringo”, escribe. “Cada vez que me equivocaba en alguna palabra —porque mi español no era tan bueno como el de ellos— me lo echaban en cara: ¡Pinche gringo!”. El acoso lo sumió en una depresión y perdió la ilusión por jugar. Solo la recuperó gracias al sistema de futbol estadounidense.

 En el Real Salt Lake, Ochoa se reencontró con su talento, que es notable. Hace unos meses, Estados Unidos lo convocó para la Nations League. Ochoa confiesa que le costó trabajo animar a los estadounidenses cuando en la cancha estaban sus verdaderos ídolos: los jugadores mexicanos. Semanas después, decidió que su futuro estaba con México, aunque en Chivas le hubieran llamado “gringo” y lo hubieran discriminado años atrás.

Hoy, está ilusionado. Dice que quiere ser un ejemplo para otros jugadores mexicoamericanos. “Quizás algunos vean un partido de futbol por la tele y digan: ‘Papi, ¡quiero ser como ese portero!’”, escribe Ochoa. “Un niño de Oxnard. Un portero de México.  Un orgulloso mexicoamericano”.

Un par de meses después de Ochoa, tocó el turno a Ricardo Pepi. Nacido en El Paso, Texas, Pepi es un buen prospecto como delantero. Creció, como todo niño de frontera, con un pie en México y otro en Estados Unidos. Sus padres son de Juárez, lo mismo que buena parte de su familia. Como los de Ochoa, todos los referentes afectivos de Pepi parecen ser mexicanos, incluido su abuelo, al que admiraba y quien murió hace poco.

Pero la oportunidad de desarrollarse como profesional la encontró en Texas, donde aprendió a jugar futbol, crecer como juvenil y debutar como profesional. Hace unos días, Pepi anunció que jugará con Estados Unidos. “Este país nos ha dado a mí y a mi familia un hogar y un sinfín de posibilidades para lograr mis sueños”, dijo en un comunicado en redes sociales. “Me ha apoyado, me ha elevado y me ha demostrado que cuando trabajas duro serás recompensado”.  Cuando alguien le pidió que se definiera, Pepi fue claro. “Soy mexicano-estadounidense y estoy muy orgulloso de mi herencia. Es algo que nunca me quitarán, no importa en qué equipo nacional juegue”.

¿Es más mexicano David Ochoa que Ricardo Pepi? En absoluto (aunque confieso que me hubiera gustado ver a Pepi jugar de verde). Los dos comparten una identidad compleja, vasta y, en muchos sentidos, conmovedora. Son mexicoamericanos. No “gringos” (ni mucho menos “pinches gringos”. No “ pochos”. Mexicoamericanos, de Oxnard y El Paso. Quizá cuando comprendamos a cabalidad qué significa eso podamos dejarnos de discriminaciones. (León Krauze, El Universal, Nación, p. 8)

Plata o plomo // Después de la Iniciativa Mérida

En una reunión con la bancada de Morena en el Senado, el canciller Marcelo Ebrard afirmó que la Iniciativa Mérida está muerta y que solo se espera “el acta de defunción”.

No es la primera vez que lo dice. Afirmó básicamente lo mismo hace un mes en una entrevista con el Washington Post. No se equivoca: la Iniciativa Mérida está muerta y enterrada. Pero esa no es novedad: el deceso ocurrió en 2016, en el momento de la victoria electoral de Donald Trump.

La Iniciativa Mérida fue un mecanismo para a) institucionalizar la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad y b) construir una relación basada en un principio de corresponsabilidad por el problema del crimen organizado trasnacional. La asistencia financiera y técnica estaba concebida como la expresión material de esos principios: en términos estrictos, Estados Unidos no estaba ayudando a México, sino que lo estaba compensando por su contribución en un reto común.

El unilateralismo de Trump dio al traste con ese arreglo. En los círculos trumpistas, México era el problema, no una parte de la solución. Algo como la Iniciativa Mérida no tenía mucha cabida en esa concepción ideológica.

Es cierto que algunos fondos de asistencia siguieron fluyendo durante la administración Trump (aproximadamente 600 millones de dólares desde 2017), pero eso se explica más por las peculiaridades del proceso presupuestal estadounidense —la asignación de fondos para beneficiar a clientelas de legisladores individuales— que por un compromiso con el proceso. Toda la arquitectura de gobierno surgida de Mérida —las reuniones de alto nivel, los grupos de implementación, etc.— desaparecieron o perdieron relevancia en esos años.

La presidencia de Joe Biden ha cambiado un poco la ecuación. En Washington, hay mejor disposición para relanzar un arreglo como el de Mérida, pero se topa ahora con un gobierno mexicano que es francamente hostil al concepto. Es cierto entonces lo que dice Ebrard: no hay como revivir al muerto.

¿Qué sigue entonces? Si se busca un nuevo acuerdo de cooperación con Estados Unidos, ¿cuáles serían sus contornos? ¿Cómo sería distinto de Mérida?

Es allí donde la cosa se pone más peliaguda. El actual gobierno mexicano ha sido claro sobre lo que no quiere, pero mucho menos sobre lo que sí persigue en materia de seguridad con Estados Unidos.

 Se ha hablado de dar un enfoque más social a la cooperación, de atender las causas profundas de la inseguridad, pero no ha habido hasta ahora un aterrizaje programático muy claro. Fuera de algunas promesas vagas de financiamiento a proyectos de desarrollo y de algunas iniciativas locales de prevención social de la violencia, no hay mucha carne en la discusión.

También ha habido algo de ruido sobre aumentar la cooperación en materia de inteligencia financiera y combate al lavado de dinero. Y hasta donde sea sabe, existe una relación fluida entra la UIF y diversas agencias estadounidenses. Pero eso no deja de ser un tema de nicho.

Desde el inicio, la Iniciativa Mérida tuvo problemas inocultables. Crucialmente, le faltaban métricas precisas para medir el avance de la cooperación ¿El éxito o fracaso de la Iniciativa dependía de los niveles de violencia en México? ¿De indicadores relacionados al combate al narcotráfico (decomisos, detenciones, etc.)? ¿De métricas de desarrollo institucional? A nadie nunca le quedó claro.

Pero al menos había bajo ese paraguas un arreglo institucional para facilitar algunas formas de cooperación y sentar a la mesa a Estados Unidos en temas importantes para México. En su ausencia, la relación se ha vuelta más ríspida e impredecible.

No creo que eso sea una mejor situación para ninguno de los dos países. (Alejandro Hope, El Universal, Nación, p. 2)

Comentarios a Reforma

“Vamos a contener la migración”.- AMLO

 Primero los invita a pasar al país con falsas esperanzas y ahora les da la espalda. EHM (Reforma, Nacional, p. 4)

Cartón

cartón 1

Requisito de moda

(Rapé, Milenio Diario, Al frente, p. 2)