Cada crimen deja un vacío, que es a su vez origen de rencor y de violencia, dijo Ai Weiwei, el artista chino a propósito de su exposición “Restablecer memorias”.
Ai Weiwei (Beijing, 1957) entroniza la dureza del recuerdo con una amable irrupción. En el MUAC mexicano instaló el Salón Ancestral de la Familia Wang, una reconstrucción de mil 300 piezas de un templo de la Dinastía Ming, que data de hace cinco siglos, perteneciente a una familia de terratenientes de la comunidad de Xiaoqui, al sureste de China. Una magna obra de Arte Recuperado (Ready-made).
Con el triunfo de la revolución China en 1949, los terratenientes de Xiaoqui fueron despojados de sus posesiones. El Salón Ancestral fue abandonado y en 1966 fue cayéndose a pedazos tras la denominada Revolución Cultural.
El 8 de agosto de 1966, el Comité Central del Partido Comunista Chino, lanzó su proclama de la Revolución Cultural donde convocaba a la desaparición de “los cuatro viejos” (viejo pensamiento, vieja cultura, viejas prácticas y viejas costumbres) y su reposición con “los cuatro nuevos”.
El proletariado, sentenciaba la resolución, debe usar sus “propias nuevas ideas, cultura, hábitos y costumbres”.
Por toda China demolieron entonces templos dinásticos, profanaron tumbas, derribaron estatuas, quemaron códices y libros con la consigna de desaparecer lo viejo para que, en palabras de Mao, el país fuera una hoja en blanco y sobre ella pudiera dibujarse lo nuevo.
El pensamiento de Mao, se sentenció, sería la guía única. Y el Gran Líder quiso hacer la historia a su modo y semejanza intentando suprimir el pasado que no congeniaba con su forma de pensar, aún cuando fueran las raíces de la nación. Una década de destrucción para China.
En 2014 tras comprarlas como antigüedades, Ai Weiwei recuperó piezas del Salón Ancestral y las usó para reconstruirlo en dos galerías de Beijing. Ahora la ha traído a México.
Ai Weiwei, perseguido político del actual gobierno chino, es a la vez hijo de un poeta hostigado por la Revolución Cultural de 1966-1976. Al restaurar el Salón Ancestral, Weiwei recupera su memoria familiar y nacional. Espeta y redime.
En el MUAC, el Salón Ancestral antecede otra obra del creador chino: un enorme retablo que dibuja con un millón de piezas de Lego los rostros de los 43 muchachos desaparecidos en Iguala por narcos y guardias el 26 de septiembre de 2014.
La horadación del alma mexicana. El crimen que erosionó la piel y la entraña del país.
“México y China están unidos por la importancia de los hechos, las verdades que el poder esconde tratando de reescribir la historia. La justicia social no nace de la nada, necesita de la lucha por la memoria”, explicó Weiwei al inaugurar su muestra.
La amnesia daña. El padre Alejandro Solalinde, un activista mexicano de los derechos humanos, lanzó un tuit este sábado con todo el sabor de la idolatría y el despellejo de la memoria.
“La agresividad y altanería de Jorge Ramos no se puede repetir. La insolencia con la que trató a nuestra legitima y máxima autoridad nos ofendió a mexicanos y mexicanas que luchamos por un cambio. Porqué no le habló así a los presidentes corruptos anteriores? Admirable AMLO!”, recitó Solalinde.
Sobre la pérdida de memoria histórica puede edificarse una enorme monstruosidad.
El 18 de mayo de 1966, Lin Biao uno de los líderes fieles a Mao, dijo al Politburó del Partido Comunista Chino: “El Presidente Mao es un genio… una sola frase suya es mejor que diez mil de las nuestras. El presidente Mao es el sol rojo de nuestros corazones… El que se oponga a él debe ser prendido y aniquilado”.
Tres meses después vino la Revolución Cultural de funestas consecuencias.
No incubemos en la amnesia y en la idolatría lamentables formas de polarización y destrucción. Ojalá lo de Solalinde sea un exabrupto típico del delirio de redes sociales y no una señal de ataque basada en la desmemoria.
Por ello, no ofende mirar y sentir la obra de Ai Weiwei para atemperar incluso a los clérigos.